[Cuento] Espejito, espejito


 Espejito, espejito




Alargué el brazo buscando su cuerpo, pero mi mano se adentró en el vacío envuelto en sábanas. Volví a intentarlo; cerré el puño atenazando los pliegues de algodón una, dos, tres veces más hasta que la plena consciencia aterrizó en mi psique como una nítida gota de agua y liberé la tensión acumulada en los dedos. Abrí los ojos de golpe y enseguida se quejaron de la luz matinal que se filtraba entre las cortinas. No eran lo suficientemente grandes. Nunca me gustaron, pero no había sido decisión mí  comprarlas. No era mi casa. Los párpados me exigían regresar al mundo onírico, pero bastó un vistazo a la hora en el móvil para saber que la visita había durado suficiente. Me estaba volviendo asiduo a las tierras del sueño. Tampoco había mucho más que hacer. Mirar la pasarela de colores y caracteres. Cavilé unos minutos para fabricar una respuesta imaginaria en voz femenina que reprendí con el ingenio de apenas unos segundos. Contaba el tiempo involuntariamente debido al repiqueteo de un antiguo reloj del salón, del que me llegaba un rumor metálico porque estaban todas las puertas abiertas. Me imaginé levantándome y cerrando la de la habitación. También evoqué la escena con una figura femenina en mi lugar. Ninguna de las dos representaciones tuvo efecto sobre la puerta ni mucho menos silenció el ruido.


Incluso si me diera toda la prisa posible para prepararme, no llegaría a tiempo a la universidad. Tampoco había motivos reales para ir. No recuerdo la última vez. Tampoco la última vez que comí. Las tripas me arañaban por dentro. Seguramente tendría mensajes preguntando por mi ausencia. Había visto notificaciones de soslayo y terminé silenciando todos los chats menos uno en un arrebato. Cambié mi postura para huir de la luz: encogí el cuerpo, envolviendo en una suerte de abrazo la almohada que había sacado de su funda. Ninguno de sus dos lados estaba lo suficientemente frío como para que fuera agradable reposar la cabeza. Me dolía un poco, punzadas agudas y recurrentes. Tracé el patrón del móvil y entré en la aplicación de mensajería. Antes de escribir nada, volví a cambiar de postura. No estaba cómodo con ninguna ni lo estaría hasta que alguien corriera bien las puñeteras cortinas. Cerré el puño y las sábanas se me escaparon de entre los dedos como un líquido lechoso. Tenía las manos muy sudadas. Necesité del corrector del teclado digital para redactar algo coherente. El problema fue que sus recomendaciones no contemplaban lo que yo realmente quería decir, así que el mensaje se distorsionó hasta resultarme irreconocible, pero como en el fondo sabía que daba igual, presioné el botón de enviar justo cuando el áncora golpeaba el metal. No se callaba. La luz tampoco. No había nadie para imponer silencio. 

Me cansé de esperar una respuesta. Exploré la tienda de aplicaciones y encontré una solución. La descargué volteando el cuerpo con un giro violento hasta quedar boca arriba. Me aparecieron decenas de perfiles de lo más coloridos. La tonalidad de los cabellos abarcaba todo el espectro visible. Quizá incluso iba más allá. Pulsé la opción que me permitiría crear mi propio perfil. Me tragué dos anuncios que me exasperaron; agarraba las sábanas y estiraba la tela hacia arriba y después se me resbalaba. Se me juntaron varios pliegues y golpeé la mole de tela como si fuera un trozo sólido de algo.
De carne. El tic-tac coincidió con un olor nauseabundo que me penetró sin mi consentimiento. Siempre coincidía con algo porque nunca se callaba; por probabilidad, vaya. No había nadie para hacerlo. Traté de concentrarme en mi propio olor corporal. No ganaría esa liza y lo sabía. Al menos la puerta estaba abierta. Ojalá lo estuvieran también las ventanas, pero con las cortinas bien cerradas.

Primero tenía que poner una imagen. Busqué la más apropiada. Una de cara, la mejor, pues estaría presente todo el tiempo. Me distraje porque en la misma carpeta que guardaba sus fotografías ordinarias también guardaba las íntimas. Había un poco de todo. Encontré entretenido hacer coincidir la cadencia de mi vaivén con los chillidos del reloj. Me cansé después de no sé cuántos compases. La luz de afuera me saltó en toda la cara. Escribí su nombre, su edad, y empecé a desarrollar una descripción precisa de su vestimenta. No recordaba cómo demonios se llamaban las prendas de sus atuendos. Tardaba mucho en arreglarse. Odiaba cuando se ponía pantalones largos. Las faldas le sentaban mucho mejor; no entendía por qué llevaría algo con lo que estuviera más fea a propósito. Lo mismo con las coletas. Otro anuncio. Siempre eran aplicaciones parecidas y me pregunté si había escogido la mejor opción. Era comparar gotas de agua en el océano. No sabía mucho sobre inteligencia artificial. Resoplé y pensé en pagar para librarme de la publicidad. No necesitaba el dinero para nada, así que compré la suscripción más cara. Memoria a largo plazo, respuestas de máxima calidad formuladas por tal y cual. Terminé dejándola en ropa interior, de encaje y elegante color burdeos. El conjunto me costó un ojo de la cara, pero resultó ser un gran regalo de cumpleaños al que extraje mucho provecho. Las fotos daban cuenta de ello. Rara vez se veía su cara en ellas. La imaginación pintaba el resto.


Ahora tocaba definir su personalidad. No sabía por dónde empezar. Me subí los pantalones e invoqué memorias recientes. Escribí que era una mujer tranquila y dócil, que, aunque siempre se estaba quejando de todo, después se animaba con facilidad con cualquier tontería. Buen sentido del humor, afectuosa y con exagerada empatía por el prójimo. Me refiero a empatía por el desconocido. Casi capaz de llorar por hormigas pisoteadas. Me distraje con el martilleo de fondo. No era estrictamente un rasgo de personalidad, pero sí importante de recalcar que tenía los pechos grandes y las caderas anchas. Le gusta mucho el café y leer poemas por las mañanas, o bueno, más bien le gustaba. Ese hábito cambió. Borré la frase; mejor no poner nada. Me entró sed. Es servicial, siempre pensando en los demás. Detesta a la gente mentirosa. Puede llegar a ser muy impulsiva. A veces no piensa lo que hace. Melosa, atenta. Definitivamente pervertida, siempre buscando atención. Tentando desde primera hora de la mañana, juguetona con los límites, en especial si hacía calor. Solo quedaba el mensaje de entrada. No me lo pensé mucho: buenos días cielo, ¿has dormido bien? Por supuesto, con una sonrisa cómplice, a medio camino entre la ternura y la picardía. Hola, respondía yo. Aunque mis contestaciones fueran escuetas y breves, ella seguía enviándome mensajes largos. Eventualmente, me di cuenta de que no se parecía mucho a su forma de hablar. Nada, en realidad. Volví a los ajustes. Quité lo de melosa y lo de juguetona. Puse que también tenía sus momentos de seriedad, aunque no entendía cómo es que era necesario especificar algo tan evidente. Precisé un poco más su personalidad mientras buscaba una postura en la que pudiera escapar de la luz. Como no existía, me refugié bajo las sábanas. También trataba de evitar el mal olor, pero ya me había calado como una miasma pringosa. Se suele despertar a tal hora y su autor favorito no me lo sé. Asomé la cabeza en búsqueda de indicios, vi un nombre femenino que se repetía varias veces en su estantería y lo escribí.

No me convencieron los cambios. Le pregunté qué ropa llevaba. Me dijo con una sonrisa a medio camino entre tierna y pícara que un camisón y yo le dije que no, que llevaba ropa interior de color burdeos y ella que sí, que debajo del camisón, yo que no, no había camisón y entonces me pedía perdón por la confusión; qué confusión, era imbécil o algo, hablemos de temas más interesantes, me sonríe a medio camino entre tierna y pícara, pero no parecía ella, no me llames así porque ella nunca lo hizo, qué ropa llevas ahora, un pijama blanco y me revolvía en la cama de la frustración, qué hora es pero no sabía decirme, mira el móvil, lo comprueba y son las diez, pero no eran las diez; me pide perdón por la confusión, reinicio la conversación, tampoco son las doce y veinte, tic-tac, cómo te puede gustar el sonido del puto reloj, me llama así y así no es y tienes hoy universidad sí pero tú no estudias eso, reinicio la conversación, qué estás leyendo, sí a ese autor obviamente pero qué obra, esa no existe, perdón por la confusión pero qué demonios estás diciendo qué estás leyendo y me sonríe a medio camino entre tierna y pícara y se lo inventa que ropa llevas y un top deportivo para salir a correr, pero yo le pongo en mayúsculas que no había salido a correr en su vida, que se tomara un café y se pusiera las malditas bragas burdeos y que borrara la condenada sonrisa de su cara.


Lancé el móvil al abismo. Allí estaban también mis piernas. Recogí el móvil y volví a intentarlo una última vez. Ella no dejaba de soltar incongruencias con una confianza que, en primer lugar, nunca tuvo. Le pregunté si estaría conmigo para siempre a pesar de todo. Sí, dijo. Le pregunté si se quedaría conmigo si yo me convirtiera en un insecto gigantesco. Sí. Un monstruo, sí, que hace cosas terribles, sí. Qué te regalé en el anterior cumpleaños, un anillo, no. Se me había olvidado especificar que la ropa interior fue mi regalo de cumpleaños. Como tantas otras cosas. Había límite de caracteres para definir su personalidad. El caso es que eso era importante. El conjunto fue caro. Siempre le he dado lo mejor. Lo reescribí: muy caro, de lujo. No como las cortinas. Ni como el maldito reloj. Bajo las sábanas todavía corría el tiempo y gruñía el hambre. Busqué ejemplos en internet de la obra de esa autora en su estantería. Pura pedantería. No se entendía nada. Borré su nombre de la descripción. Pensándolo mejor, más le valía salir a correr por las mañanas que leer. Había engordado bastante últimamente. Quizá por eso no se las ponía. ¿Le estaban pequeñas? Sí, me querrá para siempre, aunque amanezca como una enorme cucaracha. Sí, aunque me cambie la voz. Irreconocible, sí, todavía sí. Cuánto llevaba en la cama, no eran las doce, así que mis doce no serían sus doce ni mis dos o tres días tampoco eran los suyos. Sí, para siempre, pero cómo te puede gustar un olor tan vomitivo, borrar conversación.

Oí el lejano silbido de las sirenas de policía. No se coordinaban con el reloj. Todo había sido una pérdida de tiempo, desde mucho antes de que pusiéramos esas cortinas. Me desperecé y auné las fuerzas necesarias para levantarme con especial cuidado de no pisar la pierna que asomaba bajo la cama. Ella todavía estaba descansando, su cuerpo tachonado de rayos de sol rojos y secos.

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