[Cuento] Fábrica de palabras
Fábrica de palabras
Vialuna es la mejor ciudad para lidiar con el insomnio, la depresión, el hiperconsumismo, la trivialidad del día a día. Lo haces aceptando los términos y condiciones. Aceptas el comprimido y te será servido licor (compatibilidad garantizada) como acompañamiento para que no te atragantes.
Las luces de neón recorren la garganta y llegan a los pulmones. Pocos son los deseos que no pueden cumplir la tecnología, las drogas elaboradas por FutuRECH o los espacios de realidad virtual, públicos y privados desplegados por otra rama de la misma empresa. Vivas en la periferia o en el núcleo, en los barrios ricos o en los pobres, cada problema merece una solución particular y la favorita de Line contaba con alta demanda. Un licor de manzana y sabe nadie qué más, un antro prácticamente caído a pedazos salvo la esencia elegante que aún conservaba en su decoración, tal vez ya sólo meras trazas nostálgicas de lo que un día fue un local de primera clase oculto en los callejones de la zona este.
El establecimiento fue ganando fama según su dueño despilfarraba más y más dinero en tonterías que despojaron de personalidad al local. Su dueño se despreocupó de las evidentes necesidades del lugar, dañado por las trifulcas de la creciente afluencia de clientes. Los habituales dejaron de acudir y el local se convirtió en un sitio turístico más. Pero no había perdido lo más importante para Line, aquella receta sobre la que alguna vez había teorizado fórmulas (para encontrar una condenada manera de beberla sin necesidad de acudir a ese antro de mala muerte) y que resultaba en tan delicioso licor. El joven de 23 años extendió la mano con los billetes y se apresuró a salir. Se fijó en que finalmente habían cambiado las cortinas que separaban las dos salas. Aceleró el paso. Mirar atrás le hubiera avivado las ganas de vomitar hasta las risas estentóreas y los gritos.
Se cubrió cuanto pudo del cuerpo con la chaqueta y atravesó los sucios callejones esquivando manos famélicas, desechos de los alentados que sí miraron atrás, y en la medida de lo posible cualquier voz fuerte que perturbara su ánimo. Suspiró de alivio cuando se hubo alejado lo suficiente del centro de actividad. Por el camino, vio a un hombre retorcerse convulsivamente en el suelo. Pretendía pasar de largo cuando sucedió un estallido de luz. De la boca del hombre ascendieron una miríada de luces de colores. Line palideció, aunque no era la primera vez que veía a alguien morir durante sus escapadas nocturnas. Se quedó a admirar el espectáculo, los fragmentos del alma del desgraciado volando para no volver jamás. Nadie los recogió. Un desperdicio, de no ser porque seguramente no había nada en la mente de una persona que terminara así que mereciera la pena conservar. Tampoco podría permitírselo. La conservación de los datos del alma estaba reservada para los más acaudalados: no solo requerían una inmensa capacidad de almacenamiento, sino también complejas operaciones que tradujeran un flujo cuya mayoría de información era completamente ilegible. No conocía a nadie que se hubiera podido permitir el lujo, pero contaba con un amigo que se dedicaba a investigar sobre la conversión del flujo en información coherente. Por él sabía que casi todo eran residuos de pensamientos a medio hacer, estímulos inconscientes y que el verdadero desafío era hallar datos traducibles, que siempre suponían menos del uno por ciento de todo el flujo.
Atravesó el descampado, diez largos minutos con las manos ateridas, cambiándose la copa de una a otra (que rara vez devolvía, pero nunca le decían nada). Se coló por una apertura en el cercado y poco después llegó a su refugio habitual. Dentro del cobertizo, se sentó a beber y cerró los ojos. No había lugar en el mundo donde una persona pudiera sentirse más sola. No en paz, eso era otra cosa distinta. Se le escapó una risa, como de costumbre, porque siempre se sorprendía a sí mismo. Superaba la pereza de vestirse, darse el paseo hasta el callejón, soportar los hedores y el alboroto, atravesar el descampado y todo ello para acabar sentado en un taburete deshilachado que en nada era mejor que el calor de sus sábanas.
Al Line de hace unos años le hubiera encantado acoger la idea romántica del vínculo con la naturaleza, de la civilización descompuesta en aquella suerte de cubículo de madera podrida que otrora fuera seguramente una casita de campo, del álgido pero reconfortante abrazo de la noche y de las estrellas; pero la realidad rara vez es tan interesante. Son los brazos los que abrazan. La carne caliente que se pudre alrededor del cuello y penetra hasta la sangre. La noche pretende imitarlos y no puede.
Lo que de verdad le atraía de aquel lugar era, precisamente, lo único que se había conservado con un mínimo de esmero: dibujos. Pequeños bocetos de mujeres con toda clase de excéntricos peinados, acompañados de largos textos ilegibles que terminaban de rellenar el folio. Nueve hojas descriptibles de manera similar colgaban de la pared. Line nunca se atrevió a arrancarlos. Acercaba el taburete y trataba de descifrar el texto. De vez en cuando le arrancaba alguna frase a las escrituras con la que sentirse satisfecho. Poco más. Ni siquiera era el deseo de descifrar los textos, más bien era el roce sutil, frío, aprensivo con la realidad olvidada de otra persona de carne y hueso. Una realidad que podía tocar físicamente.
Le llegó el crujido de una rama. Alguien se acercaba. Line sintió sus interiores revolverse como si estuvieran a punto de pillarle cometiendo una ilegalidad de suma gravedad. Eso sí se le antojaba romántico, pero la sonrisa apenas alcanzó el umbral de sus labios, arrastrándose por su garganta como un súbito deseo de confirmar en el plano real su presencia en cogniciones terceras. Desconocía la forma prístina de aquel sentimiento, pero logró que no se deteriorara en emesis ante la mirada confusa del chico de largos cabellos negros.
— Perdón, ya me iba —se apresuró Line. Tropezó al levantarse y logró por poco que lo que restaba de licor no se vertiera sobre los dibujos. Las pupilas del otro chico se dilataron. Ayudó a Line a recomponerse. Una de las características que hacían tan preciado aquel líquido para Line era su capacidad para conservar el más puro sabor frutal a pesar de su altísima concentración de alcohol, como si algo lo inhibiera.
— Que reacción tan curiosa. Como si este lugar le perteneciera a alguien.
— Bueno, claramente fue así. Estos dibujos lo demuestran.
— Son horribles.
— No lo creo —fue casi un ataque personal—. Son interesantes. Me gustan. De vez en cuando vengo y trato de descifrar lo que dicen. Parece letra de médico.
— ¿Por qué querrías saberlo?
— No lo sé. ¿Curiosidad? ¿Importa?
El chico se veía perturbado. Como si las respuestas de Line le afligieran. Se acercó a los dibujos e hizo con uno de ellos lo que Line nunca fue capaz: arrancarlo. El acto los sometió al más absoluto silencio.
— Supongo que si tanto te interesan, puedo hablarte de ellos.
— ¿Son tuyos?
— Sí. Tienen muchos años.
El chico miró a su alrededor, buscando algo. Se encogió de hombros y se apoyó en la pared. El pelo largo le caía por los flancos en mechones irregulares, algo descuidado. Line captó una expresión cansada, un rostro sombrío sin ningún entusiasmo por haber encontrado a quien apreciara sus creaciones. Se esforzó en desenterrar del fondo de sus pupilas lo que sólo había en su imaginación.
— Mi nombre es Line.
Él no dio el suyo. Se limitó a asentir.
— ¿Quiénes son todas estas chicas?
— Ideas. Quería escribir una novela.
— La protagonista, entiendo.
— Sí.
— A mí me gusta escribir poesía, aunque últimamente...
— Ya, ya. Es normal. En realidad, diría que es culpa de esta maldita ciudad. Se traga cualquier atisbo de inspiración y nos deja secos.
Line rio.
— Son todas tan... diferentes.
— La verdadera no se parece a ninguno de estos prototipos.
— ¿La verdadera?
— Sí. Si es que se puede llamar así.
— ¿Terminaste esa novela, entonces?
La risa del chico sonó sincera pero mordaz, casi cínica.
—No me refiero a eso, no. La novela actualmente no son más que decenas de fragmentos sin conexión. Lo único que tienen en común es que todos tratan de ella. De su vida.
— ¿Cuál es la trama de la novela?
— No hay.
— Siempre la hay, aunque esté de fondo.
— ¿Y eso quién lo dice?
— Eso es lo que me parece que tiene sentido.
— ¿Dirías que tú tienes una trama en tu vida?
Line palideció, no por la impresión de su argumento sino por la primera sugerencia que brotó en sus pensamientos como posible respuesta. El profundo asco que le suscitaba pronunciarla terminó haciendo que la cambiara por completo.
— No. Es bastante aburrida.
— La suya también. Nunca se me dio bien escribir historias. Quizá debería haberme dedicado a la poesía.
— Un poco ofensivo.
— No tengo nada en contra de la poesía, no me malinterpretes, pero puede sobrevivir sin eso que llamas trama. No estoy seguro de que nosotros podamos. De que ella pueda.
Line quiso formular una réplica a la altura, pero el chico se le adelantó. Se acercó y volvió a colgar la hoja.
— A ella sí le interesa, aunque admito que me cuesta describir por qué.
De vez en cuando y especialmente en momentos como aquel, la noche arroja sus susurros para acompañar a los que sueñan despiertos. La hiedra crecida a través de las tablas rasgaba el pantalón de Line mientras balanceaba las piernas en el taburete. La presencia del chico pesaba sobre el escenario. Lo aplastaba. Costaba saber qué decir en su presencia. En cierto modo, le infundía un inexplicable respeto. Line examinaba sus pupilas como si estas debieran aprobar lo que quisiera decir. Y no lo hacían. Las palabras llegaban a sus labios y daban media vuelta para reorganizarse. El mismo proceso, una y otra vez.
— ¿Vienes a menudo, Line?
— No. Sólo cuando siento que debo hacerlo.
— Cuando escribí estos papeles, creía firmemente en el destino y todo eso. Si nos volvemos a encontrar, me lo tomaré como prueba irrefutable de que he de contarte más al respecto.
— ¿No te importa que me quede aquí?
— No, haz lo que quieras. Buenas noches.
— Buenas noches.
A pesar de su frialdad, Line deseaba reencontrarse con él. Line perdió su interés por los dibujos. No eran la verdadera. Esperaba que el chico apareciera en cualquier momento, que no llegaba, ni lo hizo por semanas. Eventualmente, el cobertizo dejó de proporcionarle la misma sensación que antes y supo que aquella sería la última visita. Quizá era una buena oportunidad para superar sus vicios. Enfrentarse a lo indeseable. Estaba siendo el verano más largo de su vida, lleno de porciones macizas de tiempo y nada más que tiempo, pesado, horadado con persistencia y esperanzas vacías. No fue hasta que salió del cercado que se reencontró con esa mirada lánguida y ojerosa.
— Conozco un lugar mejor que este, si quieres hablar.
Line aceptó la invitación. Su forma física se demostró peor que la de su compañero en la ardua subida por un edificio en ruinas. Se cruzaron con escaleras derruidas, sombras recortadas en la penumbra y numerosas señales de advertencia ante las que la indiferencia del chico se contagió a Line, quien creyó por momentos que aquel chico sería capaz de arrastrarle hasta el fin del mundo si quisiera. El esfuerzo mereció la pena: las vistas desde el último piso (la azotea resultaba inaccesible incluso para la intrepidez del chico) de la ciudad, un campo de largos pilares de colores que se alzaban desde un abismo sin fondo.
— ¿Cómo es? —preguntó Line tras unos minutos de silencio.
— ¿Quién?
— Ella. La definitiva.
— Ah. Pues, no sé por dónde empezar. Las historias que solía escribir trataban de responder esa pregunta.
— ¿Y por qué dejaste de escribirlas? ¿No quieres terminar su historia?.
— Si pudiera, ya lo habría hecho —gruñó.
El tono fue tan agresivo que Line no se atrevió a continuar por esa línea. Las luces eran el asilo. Nunca se extinguían. No se le daba bien hablar con desconocidos, pero vio de reojo que él también estaba contemplando la ciudad. Era más fácil en el mismo canal. Gozar de aquellas vistas embriagadoras (de más) y creer que se puede observar la ciudad desde fuera era una creencia estúpida. La boca no le apestaba a alcohol; no quedaba una traza, nada, pero fluía por su cuerpo, saturada de Vialuna y soledad compartida.
— Tal vez pueda leerlas.
— Ni hablar.
— ¿No quieres?
— Sinceramente, no.
Line volteó la cabeza.
— Mentiroso.
— ¿Qué dices?
— Me recuerdas a mí, con mis poemas. Yo habría respondido lo mismo, pero quisiera tener lectores. A los adecuados. Me daría pánico que cayeran en malas manos, pero...
— ¿Y qué te hace pensar que tú serías un lector adecuado?
— Quizá el hecho —se envaró, su expresión más seria— de que llevaba meses prefiriendo mirar tus bocetos que mi puto techo en noches como esta.
El chico lo sopesó. Eso debía significar su silencio. Y por eso, cuando Line escuchó aquel nítido «no», pronunciado después de tanta deliberación, reprimió las ganas de vomitar.
— Pero sí puedo decirte —añadió-—, que ella tiene el pelo blanco. Natural. No por enfermedad, tan solo... ¿mutación genética? Qué se yo del albinismo, pues absolutamente nada. Supongo que no puedo despojarla de sus desventajas, pero el caso es que no es plateado, ni gris, es blanco y no porque haya querido hacerlo reflejo de una personalidad pura, inocente; todo lo contrario. Es curiosa, actitud que en su infancia significaba travesuras, cabezonería y en su adolescencia se tradujo como imprudencia, broncas y arrepentimientos. Lo último lo conservó casi como lema. Ninguna advertencia sirve con ella. No juzga nada, ni a nadie. Yo pienso que los prejuicios son parte del instinto de supervivencia, pero ella ha inhibido esa función.
— En una de las historias —continuó—, termina juntándose con gente muy peligrosa que quería aprovecharse de ella. Su vida corría peligro, pero a pesar de todo lo que acabo de decir, no es estúpida. Ve el peligro, pero lo examina de cerca, lo admira como un psicólogo estudia apasionadamente el móvil del criminal más despiadado. Bordea el precipicio con un sentido del equilibrio incomparable y se toma su tiempo para admirar el abismo. Al contrario que yo, no tiene miedo. Tampoco de explorar realidades virtuales. Experiencias de terror, sexuales, sangrientas; las prueba todas y su osadía es, para bien o para mal, tremendamente contagiosa. Juntarse con ella conlleva jugar a su juego, bailar a su ritmo. Hablando de ritmos, su talento más destacable es el piano. Muy original, lo sé. No sé nada de música, así que todo lo que he escrito sobre partituras me lo he inventado con la intención de modificarlo después, pero todavía no me he animado a investigar a fondo.
Line devolvió la vista hacia la ciudad. Hacia lo que sea que se escondiera bajo las luces. No era el sabor a manzana. Eso estaba olvidado. Se había pasado a los zumos. Más honestos. Sin secretos.
— Hay algo a lo que sí le tiene miedo. Odia con todas sus fuerzas a los mentirosos. Escribí un episodio en el que una de sus amistades más queridas traiciona el vínculo por intereses egoístas y ni siquiera yo fui capaz de romperla, y eso que me esforcé en crear el escenario más surrealista y devastador posible. Nadie se lo creería si lo leyera. Estaba poniéndola a prueba y salió lo que salió. Escribía mi envidia, no yo. Quería romperla. Quería que sufriera por una vez. Suena estúpido, lo sé. En cualquier caso, quedaron grietas. En el fondo, muy en el fondo, teme reencontrarse con la mentira. Con la que se pronuncia con descaro, con orgullo, sin remordimientos. Creo que sería capaz de matar a esa clase de personas, pero creo que prefiero no explorar lo que ocurriría si le dieras un arma y carta blanca.
Line hizo un gesto con la mano para cortar la narración. Notaba su pecho comprimido por una suerte de nudo apretado. Su mente no dejó de trabajar, perfilando poco a poco al personaje, pero no terminaba de fijar una imagen nítida. Se le escapaba. Los labios se convertían en una niebla rosácea que se propagaba por todo su rostro y de las luces de la ciudad de tonalidades similares empezaron a crecer largas estelas blancas. Forzó varios parpadeos, se frotó los ojos y trató, como siempre, de encontrar las palabras perfectas para no reventarse después la cabeza con posibles alternativas a lo dicho. Aunque su interlocutor no ocultó su extrañeza, o decepción, o no estaba seguro, Line se limitó a negar con la cabeza.
— Ojalá termines su historia. No sé qué te lo impide, pero espero que esa traba desaparezca.
Sus palabras se ganaron una mueca de disgusto en el rostro contrario. Line no sabía leer del todo sus expresiones. Eran complejas. Acceder a un chico tan hermético no era fácil. Se perdió en su larga cabellera negra. El viento la mecía con timidez. Cubrió parcialmente su boca y Line devolvió la vista a los edificios distorsionados por las luces.
— Me voy a casa.
— ¿Volveré a verte? —se apresuró Line.
— Si eres capaz de subir hasta aquí sin ayuda… quizá.
No se dejaron pistas sobre el cuándo y una semana pasó Line resintiéndose en la ardua subida. No fue hasta el séptimo día, una noche de domingo, que Line finalmente escuchó pasos. Su corazón dio un vuelco. Ni siquiera comprendía el venero de aquel intenso deseo de reencuentro. Quería saber más.
— ¿Eres tú? ¿Dónde estás?
Reconoció la procedencia del sonido. Encima. Estaba en la azotea. Line lo llamó, pero no recibió respuesta. Creyó que le estaba poniendo a prueba y corrió hacia la escalera rota. Miró un momento hacia abajo, pero poco duró su replanteamiento. Merecía la pena el riesgo. Saltó y se agarró con fuerza a unas barras metálicas, aunando fuerzas de donde no las había para auparse. Allí estaba, sentado peligrosamente cerca del borde.
— Madre mía, ¿por qué aquí arriba esta vez?
— Quería comprobar qué tan mal de la cabeza estabas.
— Supongo que he aprobado el examen.
— Acércate, hay algo que quiero enseñarte.
A su lado reposaba un dispositivo circular. El material se transparentaba y dejaba ver su complejo sistema electrónico interno, dividido en decenas de compartimentos pequeños. Line palideció.
— Esto es…
— Hay otra cosa que le da mucho miedo. El olvido. Que se olviden de ella. Por eso siempre está haciendo cosas, sin importar el qué. Tiene la tonta creencia de que nadie va a recordarla por sus excepcionales interpretaciones de las partituras clásicas y es algo que no consigue sacarse de la cabeza. Puede llegar a ser muy perfeccionista, en ocasiones. No soporta parecerse a alguien más. Incluso cuando toca estas piezas, ansía sonar diferente. Le gusta mucho Chopin. Nunca ha compuesto una pieza original porque las deja a medias en cuanto empiezan a parecerse a algo más. A mí, si me preguntas, esto me parece estúpido, pero no su miedo.
Sonaba más calmado que de costumbre. Line todavía no podía creer lo que veía.
— Creo que tiene un gusto maravilloso. Pero esto… esto no es suyo.
— No. Esto es mío.
— Perdona mi impresión, pero no sabía que eras de familia adinerada.
— Te equivocas, te equivocas —reía—. Esto me ha costado todo lo que tenía.
Line no supo ocultar su confusión.
— No me queda familia cercana. Murieron. La parte de ella a la que le importaba, al menos.
— Oh, no sabía…
Pero el chico hablaba desprovisto de dolor. No había un ápice en su tono. Lo contaba como si le hubiera ocurrido a otra persona.
— No me compadezcas. Odio cuando la gente lo hace. Tuve la dudosa fortuna de conocer a un policía implicado y me ayudó con las indemnizaciones. Aún no era suficiente, pero vendí algunas cosas importantes y por fin conseguí lo suficiente para comprar una unidad de gama baja.
Line no se atrevía ni a tocarlo. Era como un objeto sagrado. Tampoco sabía si procedía preguntar más allá sobre su familia. Demasiada información que procesar en muy poco tiempo y su cerebro era de una gama aún peor. Agradeció para sus adentros la petición del chico porque así no necesitaría pasar sus palabras por toda una cadena de producción defectuosa.
— ¿Sabes cómo se usa?
— ¿Cómo demonios voy a saberlo? —respondió Line por inercia, ofendido por las implicaciones de la pregunta, sólo para recordar, momentos después, que sí lo sabía. Su amigo se lo explicó una vez, y como un rayo de luz que impregna el escritorio, el recuerdo cayó de repente, pero demasiado tarde. El chico ya se estaba encargando de explicárselo.
— Puede que se pierda algo —continuó—, pero no me quedaba nada más que vender. Las unidades buenas de verdad alcanzan las siete cifras.
— Es interesante, pero no entiendo qué tiene que ver con ella.
El chico sonrió y se levantó después de unos segundos de silencio. Se entregó a la ciudad.
A Line lo invadió un pitido agudo en los oídos y vio paralizadas sus piernas. No quiso presenciar el hundimiento, pero tan pronto como las luces engulleron el cuerpo del suicida, un estallido iluminó la azotea. No fue hasta que las luciérnagas de colores ascendieron lo suficiente que Line salió de su estupefacción, apresurándose a tomar el dispositivo. Se arrastró al borde del edificio, tratando sin éxito de activarlo por culpa de sus manos sudorosas. Las imprecaciones terminaron por convencer al compartimento de abrirse, disparando un haz que recogía lentamente cada puntito de luz, diminutas estrellas que desaparecían al llegar a la altura del cuerpo de Line. La velocidad de acción del dispositivo dejaba mucho que desear: algunos fragmentos se escapaban, alcanzando el firmamento. Line trató de manipular el ángulo del haz, pero el dispositivo no dejaba de calentarse; hasta que tuvo que soltarlo y dejarlo actuar por su cuenta. Era como presenciar la simulación de un cielo en miniatura en el que sólo contadas estrellas lograban escapar de la muerte. No había nada que hacer, estaba seguro de que había activado bien el dispositivo y de que esta era su máxima capacidad.
De lo que no estaba seguro era del porqué. Apenas sabía nada de él. Sólo hacía unos minutos que se hubo enterado de su desgraciada historia; siquiera una pincelada de la que era imposible reconstruir un cuadro entero coherente, al menos sin encuadrar con arbitrios extraídos de lugares de dudosa fidelidad con la realidad. No sintió pena ni tristeza, sino un dolor atenazante en el pecho mientras las últimas motas de luz desaparecían junto al haz del dispositivo, terminándose los créditos de una película de la que sólo llegó a ver sus últimas escenas.
Sabía que el dispositivo estaría demasiado caliente como para tocarlo hasta pasados unos minutos, minutos que se convirtieron en los más asfixiantes y solitarios de su vida. Por su cabeza se entrecruzaron toda clase de pensamientos. De diferentes voces. Podía escuchar la llamada de la ciudad, que le invitaba a compartir destino con el escritor; escuchaba la llamada del dispositivo, que podría vender por cantidades que le cambiarían radicalmente la vida si encontraba la manera de vaciarlo (aun recordando que son dispositivos de un único uso), escuchaba su propia voz planteándose cómo hubiera transcurrido su vida de no haberlo activado nunca y encontrado un comprador. La lucecita roja en la cubierta que informaba de la temperatura se apagó y Line recogió el dispositivo, resistiéndose a otra voz que le instaba a lanzarlo al vacío. Avergonzado de sí mismo por no haber aprendido nunca a sepultarlas definitivamente, cedió terreno a voces inocuas pero intensas, a aquellas que le trajeron aquí en primer lugar.
Miró fijamente el dispositivo como el objeto divino que era. Para alguien como él, no había diferencia. De vez en cuando sufría una sacudida y alzaba la mirada, confundiendo los fulgores de la ciudad con fragmentos a la deriva. No conocía su nombre. Algo tan primordial. Abrazó el dispositivo, acurrucando para abastecerse del calor residual que desprendía. Se acordó del hombre que vio morir en el descampado. No era tan raro. En algún momento se abarataría el coste de los endemoniados cartuchos; reducirían su tamaño hasta caber en un bolsillo y todo el mundo llevaría uno al salir a la calle por si acaso, como quien lleva preservativos a una fiesta. Pensó que el hecho de que él tuviera uno significaba que se había desprendido de todo, que nada de lo que le hubiera podido decir habría cambiado su destino, que la decisión era definitiva.
¿Y cómo perdonárselo?
Con las sienes empapadas de sudor, entró sin llamar al laboratorio. Le invadió una súbita vergüenza y rezó por no haberse equivocado de sala, totalmente indispuesto a enfrentarse a inconvenientes fútiles que exigieran su más mínima atención. Rolin se volteó, genuinamente sorprendido por la visita.
— ¿Line? ¿Qué demonios haces aquí? ¿Y cómo te han dejado entrar?
— Bastó con decir que fuimos juntos a la universidad, que era muy urgente y…
Extendió el dispositivo.
— No, no, tranquilo. Ningún amigo nuestro se ha ido. No es eso. Era sólo la excusa.
— Dios mío, podrías haberme escrito primero y…
— Lo siento. Tiene que ser aquí y ahora. Por favor.
— Si es lo que estoy pensando, tengo malas noticias para ti. A estas horas no está disponible…
— No.
Bastó con que Line señalara una puerta al fondo de la sala, casi camuflada en blanco con la pared, para que Rolin comprendiera su deseo y negara rotundamente con la cabeza.
— En primer lugar, no. En segundo lugar, nos quedan muchos años de trabajo para que el proyecto aflore. En tercer lugar, no. Es incluso peligroso en la fase de desarrollo en que está ahora.
— Asumo los riesgos. Por favor, tío.
— Estás loco. Vuelve a casa. Hablamos por teléfono.
— Después de pasarte tantas horas hablándome con optimismo y entusiasmo de lo bien que avanza tu proyecto y de lo bien que han ido las simulaciones, no me vas ahora a tocar los cojones diciéndome que no puedes ponerlo en funcionamiento durante al menos cinco puñeteros minutos, aunque funcione a duras penas. No vas a decirme eso, ¿verdad?
Silencio. Ni una sola emoción presente en el semblante de Rolin. Lo rompió el traqueteo de sus dedos en la mesa.
— Cinco minutos. Ni uno más.
— Cinco minutos.
— Y tienes que firmar…
— Lo que haga falta. Dame el papel.
Rolin suspiró y sacó de las más recónditas profundidades de un cajón, sólo después de haber levantado pilas y pilas de archivos, un papel que una vez firmado eximía de toda responsabilidad a toda entidad que no fuera el sujeto.
— Por ser tú, no te cobraré la lectura.
— Me esperaba algo así.
— Eres insufrible, ¿te lo he dicho alguna vez?
— No deja de hacerme gracia que tenga que pagar por poner mi vida en riesgo, lo siento.
Rolin dejó escapar una mueca por la que Line supo que no estaba en desacuerdo. Firmó el consentimiento y los nervios arribaron de golpe, distribuyéndose por sus venas, como si hasta ahora hubieran permanecido al acecho, esperando el momento adecuado.
— ¿De quién es?
— No es asunto tuyo. Perdón. Quiero decir que… no me apetece explicarlo. Sería complicado.
— Está bien. Al menos, y sin entrar a preguntar de dónde demonios ha salido el dinero para el cartucho, ¿puedo saber por qué no te conformas con una lectura estándar?
Line intentó, una vez más, encontrar las palabras idóneas. Pero todas ellas, las que acariciaban la ansiada perfección que no le dejara remordimientos, pasaban por explicar cosas que ni siquiera él comprendía del todo. Rolin hizo un gesto con la mano.
— Déjalo. Acompáñame.
La sala estaba completamente vacía salvo por la cápsula de realidad virtual y un superordenador. Estar tan cerca de la tecnología más avanzada imponía y Line apretó con fuerza el dispositivo.
— Sé que ya te he explicado varias veces cómo funciona, pero lo haré otra vez.
Line asintió. Cuando la explicación hubo terminado, se tumbó dentro de la cápsula a la espera de la señal. El ingreso en el espacio de realidad virtual no era lo peligroso. Cualquiera podía convertirse en el protagonista de una película por un módico precio; lo peligroso era la interacción con los residuos de cuerpos muertos.
— He dicho cinco minutos, pero cortaré de inmediato si noto que algo va mínimamente mal. De inmediato, ¿me oyes?
— Sí.
— Pues allá vamos. No prometo nada. Es sólo un prototipo y… bueno, a la mierda, estás al tanto.
Masculló algo más que Line no alcanzó a escuchar; quiso girarse y ver su expresión en un arrebato de curiosidad, pero la movilidad dentro de la cápsula era prácticamente nula. Sí que escuchó el distintivo sonido que hizo el cartucho al abrirse y conectarse al ordenador. Empezó a vislumbrar colores parpadeantes, similar a un monitor estropeado que exhala sus últimos estertores al ser golpeado. El proceso se extendió durante dos largos minutos. Destellos de colores, sonidos ininteligibles, figuras geométricas imposibles que hacían acto de aparición apenas una décima de segundo y todo ello en combinaciones intrincadas que empezaban a marear a Line. Intentó tocar cuánto aparecía alrededor, pero era como moverse por un vacío infinito en todas direcciones.
— ¿Todo bien ahí dentro?
— Sí, pero, ¿va a ser así todo el rato?
— No existe forma de diferenciar lo que sirve de lo que no. Lo único que puedo hacer es tratar de darle un sentido al flujo de datos, pero existe la posibilidad de que no quede absolutamente nada legible por la mente humana.
Line cerró los ojos mientras contestaba.
— ¿Cuánto da tiempo a leer en cinco minutos?
— Menos del uno por ciento.
— Pues pon otro fragmento. ¿No hay ningún trozo más concentrado o algo así?
Rolin se quedó callado. La sucesión de estímulos se detuvo hasta que el suelo tembló.
— ¿Qué ha sido eso?
— Voy a monitorizar tus pulsaciones. Por si acaso. Voy a saltar a la sección más densa, pero te advierto de que no tiene absolutamente nada que ver con que sea legible sino con la cantidad de estímulos. Lo más probable es que sea una yuxtaposición masiva de estímulos desconectados. Nuestra palabra será “pan”, ¿entendido? Si te sientes mal, dices pan; cualquier mareo, náusea, dolor… pan y se acabó el viaje. ¿Entendido?
— Sí, sí. Estoy bien, joder.
Lo cierto es que ya estaba reprimiendo las ganas de vomitar. Respiró hondo durante los segundos de silencio absoluto, pero en cuanto regresaron los estímulos, la impresión fue tan fuerte que casi olvida lo que había venido a buscar. Lo fijó en su mente como buenamente pudo, soportando una sucesión de escenarios que buscaban tener sentido; era como moverse por el dibujo de varios niños pequeños en un sólo papel pintarrajeado que los agrupara todos. Y a pesar de ello, se sentía demasiado real, metido de lleno en el cuento de quien no supiera leer, ni escribir, ni dibujar; ni una sola traza de comunicación humana. Se forzó a continuar, a mantener los ojos completamente abiertos: las tonalidades cambiaban, casi simulando días y noches de longitud efímera. Si alzaba la mirada, intentos de palabras tachonaban el cielo, algunas de ellas con una o dos letras perfectamente reconocibles. Nunca se había alegrado tanto de poder leer una mísera vocal.
Transcurrieron otros dos minutos y el escenario cobró cierto sentido; si Line le echaba imaginación, podía ver edificios en las columnas verticales de colores oscuros, podía ver un camino transitable de cintas de tela grises que terminaban siendo engullidos por una tenue luz blanca, en un fondo gris donde se vislumbraba los retazos de una posible ciudad. Line intentó recorrerlo, pero caían sobre las cintas gotas que se parecían mucho más a sangre que a lluvia, llenándose el escenario poco a poco de manchas coloridas que se superponían unas sobre otras acompañadas de un ruido insoportable, torrentes de líquido taladrando sus oídos una y otra vez. Lo único que permanecía inmutable era la luz blanca. Line hizo su mejor esfuerzo por no gritar. Era eso, ¿lo era? Esa luz, la respuesta. De ella vio nacer una suerte de extremidades de algo parecido al papel, en todas direcciones de un único eje. Su cabeza se había convertido en un instrumento más, de percusión, golpeado y golpeado por cada explosión de sangre. Fuera lo que fuera que Rolin estaba monitorizando, no debía verse muy bien. Pronunció con dificultades:
— ¡Espera, espérate!
La sensación era como si su cabeza fuera a salir disparada a derechas o izquierdas, arrancada de su cuerpo. Cada vez estaba más cerca de la luz. La vista empezó a fallarle, pero no había posibilidad de pérdida. Adelante. Debían de haber pasado más de cinco minutos. Quizá treinta. Una puñetera eternidad en aquel teatro pueril y demoníaco. Retuvo todo lo que había comido en su boca como si fueran frases a medio elucubrar. La luz blanca resplandecía con demasiada intensidad. Puñetazos en la cabeza. Gritos ahogados. Apenas unos pasos más. Las extremidades de papel, vistas de cerca, parecían más bien hechas de seda. Y ya no parecían extremidades. Eran otra cosa. Se compactaban cerca del origen de forma grácil, aunque algunas de ellas estaban empezando a teñirse de negro, y eso las hacía verse peor, más desagradables, más frías… se dejó caer en medio del foco y no sintió absolutamente nada.
Tan pronto como se abrió la cápsula, no podía dejar de temblar, manchando el inmaculado blanco de la sala de vómito y bilis. Rolin ya había solicitado asistencia médica.
— Menudo desastre. ¿Estás bien? ¿Cuántos dedos ves?
— Tres, tres dedos.
— ¿Y ahora?
— Uno. Estoy bien, joder. Sólo estoy algo mareado —y echó la guinda que le faltaba al desastre del suelo—. Mucho mejor… sí, mucho mejor.
— Menos mal que la corté a tiempo. Te lo dije, Line, es sólo un maldito prototipo.
— No, es mucho más que eso. Es alucinante. En unas décadas será como viajar tranquilamente en barca por aguas estancadas.
— Ja —soltó una risa sardónica—. Puede ser. ¿Encontraste lo que buscabas?
Las palabras le llegaron como un último, suave pero nítido golpe percutido.
— No. No, no lo hice. Realmente creí que sería más fácil.
Siempre se ponía en marcha, en momentos como aquel, la fábrica de palabras. Pero no había un solo engranaje cumpliendo plenamente con su función.
— Tengo que irme. Gracias por todo, Rolin.
— Espera, no seas estúpido. Tiene que verte un médico.
— Estoy bien. Lo prometo.
— Tú no puedes saber...
Su proyecto tampoco era más que un prototipo defectuoso. Pocas veces sintió una urgencia similar. Corrió hasta que sus piernas se resintieron. La cabeza todavía le daba vueltas y asumió que así sería durante probablemente horas. Todo para nada. No pasó desapercibida la notificación de Rolin en su móvil. El científico, preocupado por él, le invitaba a su casa a cenar para hablar más tranquilamente de lo sucedido y ponerse al día con sus vidas.
Pero es que la última parte de la solicitud reanimaba unas náuseas capaces de desenterrar palabras nunca dichas, que tendrían que pasar por tan desagradable proceso que Line se quedó en casa, sin pasar frío, sin el asqueroso resabio de la manzana en sus labios, sin sueño y sin el nombre de ella.
Comentarios
Publicar un comentario