[Cuento] El rey amante
Un cuento que escribí en la carrera para la asignatura de literatura medieval, basado en referencias a obras canónicas.
El rey amante
¡Señores! Acompañadme en esta velada y reiremos y lloraremos por el relato que os voy a contar. No hay lugar en el mundo donde los ecos del infortunado rey de Acalia no resuenen: ni siquiera las familias más nobles, que dan a luz a tantos hijos e hijas lozanos y bellos que parecieran esculpidos por manos divinas, se salvan de la excepción, del vástago que mejor no acuda a las cenas y los bailes y permanezca encerrado con sus (muy provechosos) intereses. Sonaban las trompetas del triunfo en el gran valle donde el joven rey de Acalia, recién coronado tras la muerte de su padre, quien tuvo a bien darle el nombre de Alexander, acababa de consumar su primer gran triunfo al derrotar al temible dragón rojo, terror de comerciantes y peregrinos, la eterna criatura que asolara el reino en tiempos de sus padres y abuelos a la que hasta el momento nadie fue capaz de plantar cara. Grandes incursiones y grandes derrotas sufrieron sus ancestros, crónicas que se contaron más allá de las fronteras y se olvidaron dentro de los castillos, no así en el gran mundo intermedio donde se lloraron mil noches los males vividos en mil días oscuros. Los caballeros del rey vitoreaban sobre las escamas de la criatura mientras que los detractores, que hubieron difamado al monarca divulgando calumnias sobre su cobardía y pobreza de espíritu, difícilmente encontraban recoveco para ocultar sus desvergonzadas cabezas. La misma tierra parecía celebrar el triunfo del joven Alexander, tomando la sangre de su encarnecida batalla como semilla para germinar extensos campos de flores blancas que flameaban como la bandera clavada en el ojo del dragón.
Nunca se hubo sentido tan poderoso Alexander y tan pronto como regresaron él y su séquito al castillo se organizaron opulentos festejos que en gran medida le hubieran agradado, de no ser porque su vigoroso corazón comenzó a latir con mayor intensidad que de costumbre, en señal de una extraña escasez. No se percató Alexander de lo que su cuerpo trataba de comunicarle hasta que encontró a uno de sus más fieles caballeros fundido en fuerte abrazo con su esposa. Celebraban su regreso, y su retoño, que apenas le llegaba a la cintura, imitaba torpemente las destrezas del caballero con una espada de madera ante la risa de sus progenitores.
— Serás un gran caballero —le dijo su padre.
Hasta el más impasible sintió ternura de la escena y sólo el rey Alexander se vio incapaz de sonreír. De repente, toda vianda, toda melodía, toda vana celebración se le antojó insuficiente y provocó la confusión general al ordenar que los festejos continuaran lejos de su persona y que nada quería ver, oír o sentir mientras reflexionaba en soledad. Cierto era que había logrado silenciar a sus detractores, demostrándose de gran valía como lo fue su padre, pero el rey se encontró con que sus caballeros poco saboreaban la gloria del triunfo en comparación a otras cuestiones más mundanas. ¿Quién habría en el mundo capaz de comprender la envergadura de sus hazañas? ¿Quién habría en el mundo en cuyos ojos se reflejara el rostro del guerrero que derrotó a una bestia legendaria y no el de un mero rey cualquiera que fuera su nombre? ¿Quién habría en el mundo que lo escuchara en el lecho hasta el amanecer? No se libró el gran Alexander de los tormentos propios de quien no comprende los caprichos del alma y muy pobremente lo juzgó el tiempo por cómo los interpretó a continuación.
Los vientos, que todo lo saben, extendieron las crónicas de sus hazañas hasta los confines del reino. Pocos fueron los que aún hablaran mal del joven rey, quien en apenas unos meses había logrado lo que otros no pudieron en toda una vida. Pero por más halagos y señas de gratitud que recibiera, no encontraba plena satisfacción en ellos y la sensación de que necesitaba algo más se acrecentaba en su lozano corazón. Transcurrió un tiempo hasta que Alexander hizo llamar a su consejero de mayor confianza para comunicarle una importante decisión.
— He decidido que este es el momento ideal para asegurar mi linaje y ello implica
contraer matrimonio. Mucho he oído hablar de la belleza de lejanas princesas y
quiero que me consigas un retrato de las más jóvenes y espléndidas. Es menester
que te apresures, pues conviene cerrar este asunto lo antes posible.
Tanto hincapié hizo el rey en la urgencia del asunto que muy abrumado se vio el consejero.
No veía posible conseguir los retratos en el tiempo pactado y, como vio peligrar su puesto
a la derecha del rey y por consiguiente su hacienda, fue él quien buscó consejo. De un
soldado oyó hablar de un aventurero que recientemente había llegado a la comarca y que
se había vuelto muy popular entre las mujeres por su destreza en las artes de la poesía, la
pintura y como no, el amor. Esa misma noche lo mandó llamar y gran sorpresa causaron
en el consejero las ropas y maneras del joven extranjero. Su lengua parecía bendecida,
pues hablaba el idioma incluso mejor que las gentes del reino, y lo hacía con tan grata
musicalidad que cerca estuvo de olvidar el motivo de la audiencia.
— ¿Has estado en cortes extranjeras?
— Para reyes y reinas he cantado.
— ¿Y qué me dices de sus hijas? ¿Has conocido a alguna bella princesa en tus viajes?
— ¡Oh, y qué noches hemos pasado juntos!
— Si tan agradables fueron, recordarás bien sus caras.
— Jamás se borrarían de mi cabeza los rostros de, quienes, acuciadas por la comezón del deseo y la juventud, se inclinaron sobre mi boca en peligroso albedrío. Una noche no dura lo mismo para el corazón lozano que para el hastiado: un único encuentro es lo que perdura eternamente en mi memoria, pues más emborronarían el recuerdo y lo mancillarían.
Poco a poco, el hechizo fue deshaciéndose y más que un virtuoso artista, al consejero se le empezó a presentar como un lujurioso charlatán. Fue al grano y le preguntó si sería capaz de pintar un retrato fiel de la princesa más bella que hubiera conocido.
— Dos tendrían que ser, pues no me atrevo a coronar a una sobre la otra.
— Tanto mejor. Serás bien retribuido.
— Lo rechazo. Yo soy quien da a los dadores, a veces dicha, a veces penurias.
— No juegues con mi bondad.
El consejero le proporcionó una buena suma y con sumo desinterés la tomó el extranjero. En apenas unos días le entregó el extranjero dos retratos de hermosas princesas que parecieran no el trabajo de un joven talentoso sino de un artista versado, conocedor en profundidad de las formas y los colores. En sus vestidos estaban grabados sus nombres y procedencias, cada una perteneciente a un reino distinto y lejano. Tan impresionado quedó el consejero que, tras una extendida contemplación de las princesas, quiso otorgarle la posibilidad al extranjero de presentarse ante el rey y ofrecerle sus servicios permanentes, pero para entonces el artista había desaparecido y de su existencia no halló más rastro que los lamentos de damas embaucadas por su labia. Cumplido su cometido, el consejero desterró de su memoria al joven y presentó los retratos al impaciente Alexander, quien pasó tanto o más tiempo aún escudriñando los retratos con palpable admiración. Después, consultó minuciosamente un mapa hasta que finalmente rompió el silencio.
— No puedo elegir. La belleza de estas muchachas está a la par; y si bien cada una posee rasgos que destacan sobre la otra, la suma de todos ellos da tablas como resultado, así que obraremos de la siguiente manera: mandarás dos emisarios a comunicarles a sus familias mis deseos. Si una de ellas aceptara y la otra rechazara, habremos sido bendecidos con aliados y enemigos. Si ambas aceptaran la propuesta, será la primera en llegar quien goce de mi preferencia, pues su presteza denotará su emoción y será vaticinio de un amor fructífero.
— Si obramos así, Majestad, la familia desdorada responderá con represalias.
— Como he dicho, seremos pues bendecidos con aliados y enemigos por igual —sonrió.
El consejero no tuvo el ánimo de replicar más allá ni de considerar la tercera posibilidad y mandó hacer realidad sus designios. A la mañana siguiente, no dos emisarios, sino dos grupos bien armados y abastecidos partieron del castillo hacia tierras lejanas. El propio Alexander los vio marchar, convencido de que el destino tenía grandes cosas preparadas para él, domador de dragones, como ya lo llamaban más allá de las fronteras de Acalia. No obstante, ni el más dichoso rey fue jamás poseedor de todas las virtudes conocidas por el hombre y si de una carecía el joven Alexander, esa era de paciencia. No era neófito en la diversión con las damas de la corte, pero juzgaba sus miradas vacías, sus oídos sordos ante las cosas que él querría decir y su belleza de una temporalidad inaceptable para un rey. Aunque se incrementaron los encuentros, sólo lograron agudizar su inquietud. Tanto le daba qué princesa se presentara primero en el castillo con tal de que lo hiciera ya y pudiera saborear la compañía de quienes le parecían las muchachas más hermosas imaginables por la mente mortal. Mandó colgar los retratos en su dormitorio junto a una espada que utilizaría para condenar a quien el destino nombrara su enemiga.
Sucedió que una noche se acostó el rey tan cansado por unas justas que ni tiempo tuvo de impacientarse. Cuando abrió los ojos, se encontró en una pradera donde el rumor de un riachuelo y el canto de los ruiseñores conformaban un ambiente tan suave y agradable que el rey echó a andar rio abajo en suma tranquilidad, despojado de toda preocupación. Lo único capaz de deshacer su ensimismamiento fue otro nuevo: pronto se halló en un inmenso jardín de incomparable belleza. Tanta hermosa vegetación poblaba el lugar que juzgó encontraría allí diez veces más que en toda Acalia y la disposición de los frondosos árboles formaba un laberinto que Alexander recorría sin rumbo, hasta que una voz angelical a cada paso más cercana se convirtió en su guía. La tranquilidad fue transformándose en una comezón angustiosa por llegar al origen de aquella voz. Eventualmente, llegó a una fuente circular en cuyo cerco cantaba una hermosa muchacha cuyo rostro le resultó familiar.
La mujer se percató de su presencia y lo invitó a acercarse con un grácil gesto que hizo aletear su vaporoso vestido, una tela espectral casi transparente que flotaba como si tuviera vida propia. Alexander se vio profundamente embelesado por su presencia: hasta el más mínimo de sus gestos parecía formar parte de algo más grande que los envolvía y de lo que ahora formaba parte. Sus cabellos eran del color del agua y entre sus hebras hundió las manos. La mujer se mostró receptiva con los impulsos del rey, quien sintió más de lo que creía posible sentir y se comunicó de formas que no hubo conocido antes, pues en su mirada dócil pero profunda creyó ver a un auténtico monarca.
— Que gran reina serías, que bien os sentarían los destellos del oro, lucidos al cuello.
— Tales ornamentos me despojarían de mi ser, mantenedlos alejados de mí.
En enredos propios del amor pasaron el tiempo, intercalados con conversaciones que insuflaban de una sustancia insondable el alma del rey. Ella reía con ternura y se dejaba y no hacer a partes iguales, haciendo de sus juguetonas negativas un baile de manos en que cada movimiento quedaba dotado de una elegancia etérea.
— Si son ciertas vuestras proezas, que por tales las tomo ya solo por el ímpetu con que me las narráis, he de estar ante el más valiente de los hombres.
— No es menor mi honor, pues no me cabe duda de que me encuentro ante la más bella de entre todas las mujeres de estas tierras, las que conozco y las que no.
Alexander gozó del encuentro como nunca antes, pero llegó el momento en que los cabellos acuosos de la princesa se solidificaron y adquirieron el tacto duro de la madera. En el limbo entre sueño y vigilia se revolvió unos minutos hasta que acabó de bruces contra el suelo.
Lo primero que vio al abrir los ojos fue el retrato de la dama con quien acababa de pasar la noche. Se apresuró a vestirse e hizo llamar a su consejero para informarle de que finalmente se había decidido al respecto de quien tomaría por esposa.
— Mucho me temo, Majestad, que los emisarios deben de haber llegado ya a su destino, si ninguna inclemencia lo ha impedido. Nada se puede hacer: si ambas familias han aceptado el matrimonio, tendréis que esperar para dar a conocer vuestro veredicto.
— Pues si la otra llega antes, no será recibida: mandadla de vuelta y aceptaremos las consecuencias.
Poca o ninguna gracia le hacían al consejero las maneras imprudentes del rey, especialmente ahora que, tras la derrota del Dragón rojo, gozaban de un periodo de paz en el reino. De haberlo sabido, sólo le habría mostrado un retrato, pero difícilmente hubiera podido vaticinar su proceder. No mentía: de las expediciones no había ni habría noticias pronto. El rey, por su parte, guardó el retrato de la desafortunada; tentado estuvo de destruirlo, pero la maestría artística detrás de la obra se lo impidió. A partir de ese día, no había mañana en que el rey no saliera de caza y cada tarde organizaba justos y torneos que lo dejaban exhausto y, más importante, con una excusa para irse temprano a dormir con la esperanza de reencontrarse con su futura esposa, por cuya llegada cada vez se impacientaba más.
Las noches se sucedían como un parpadeo para el desafortunado Alexander, tan pronto salía el sol, no era sino el firmamento nocturno lo último que recordaba haber visto. Pasó mañanas enteras durmiendo más de lo debido, intentando concentrar en su pensamiento la imagen del laberíntico jardín, de la muchacha de cabellos de agua. Cuentan que el malhumorado consejero se encontró más de una vez al monarca abrazado al cuadro en horas intempestivas y quizá no fueron solo rumores, pues pronto toda la comarca estuvo al tanto del extraño padecimiento del rey, quien ya apenas salía de casa salvo para tratar de mantener a salvo su imagen cuando a sus oídos llegaron las habladurías sobre su estado. Lo cierto es que el rey Alexander había adelgazado y su piel empalidecido. Su consejero intentó convencerlo de que viera a un médico, pero si de otro defecto adolecía el monarca, era de ser tan obstinado como su padre. Mucho se habló a lo largo y ancho del castillo de qué habría podido sucederle al rey y pocas ideas se le ocurrían al consejero para ayudarlo.
En estas circunstancias de incertidumbre se hallaba la corte cuando, en una noche como cualquier otra, el rey se encontró de nuevo con el bello jardín tras cerrar los ojos. Los grandes tormentos que asolaran su cabeza se esfumaron al instante; un mero vistazo a las inmediaciones era suficiente para insuflarle una serenidad que se extendió por todo su cuerpo y lo relajó como si nada hubiera sucedido. Las aves le dieron una cálida bienvenida y de pronto recobró la memoria del camino que hubo seguido la última vez, por lo que pudo recorrerlo sin necesidad de una guía vocal. Tamaña decepción se encontró el rey Alexander cuando no encontró muchacha alguna aguardando su regreso, sino, en su lugar, un pasadizo que penetraba en la tierra y por cuyas paredes de piedra ardían vetas de intenso fuego.
La curiosidad impulsó a su corazón joven a descender por la apertura, toda sensación negativa siendo consumida por un calor que le obligó a deshacerse de casi todas sus ropas. Poco después se encontró un rostro familiar, pero diferente al de la última vez. No quedó un solo ápice de la aversión que le hubo proferido la otra princesa cuando la vio, sentada en un saliente, con sus cabellos rojizos y expresión confiada. Conforme el rey se acercó a ella y extendió el brazo para tocarla, un aliento ígneo abrazó su piel y la despojaba de tensiones, como un masaje constante a altas temperaturas que gozaba a cada paso, una maraña de manos invisibles acomodándolo. Totalmente encandilado se vio el rey por la majestuosidad de la muchacha, en cuya piel palpó alguna que otra herida. Su presencia resultaba abrasadora y sus dedos largos se hincaron en el cuerpo del rey, quien muy gustoso gozaba del tacto de una piel curtida. En sus caricias se leían las aventuras de una mujer bélica y en sus ojos vio reflejado a un auténtico guerrero.
— Que gran reina serías, con qué firmeza y magnanimidad gobernarías en mi ausencia.
— Con la bondad de quien ha conocido el dolor, creedme, con la suavidad que perdieron mis manos, una sirviente más.
Mucho habló el rey, exagerando en ocasiones sus hazañas, encantado de esta nueva compañía.
— He oído de amenazas mayores. No debes conformarte con el dragón rojo, que aún más gloria te espera si sabes buscarla.
— Pueden rodearme diez dragones, si quieren, que los postraré y servirán a su rey.
Nada sobrevivió en su memoria de la dama acuosa, pues la presencia de esta nueva compañera no dejaba espacio para ninguna otra y mucho gozó el rey del encuentro, pero llegó el momento en que sus dedos empezaron a quedarse ateridos de frío y una helada ráfaga de viento azotó su rostro. Abrió los ojos, encontrándose con el retrato de la dama equivocada.
¡Con qué rapidez fue a desempolvar la pintura de quien hace tan poco tiempo despreciaba! Y tentado estuvo de destruir la otra, pero su calidad artística lo detuvo en el último instante. Se vistió y exigió la presencia inmediata de su consejero, informándole de su cambio de parecer, noticia que el consejero recibió de tan mala gana que, con nefasto juicio, empleó el tono equivocado con el monarca.
— ¿Cómo osas? —replicó Alexander, furioso—. Una única oportunidad te doy: que, si llega primero la otra princesa, se le den largas. La corte debe estar preparada para recibir a la única que yo deseo por esposa.
— Así se hará.
Si pensáis que la confusión del consejero era grande, aún no le hacía parangón a la que asolaba al joven rey. Durante unos días gozó de buena salud y reanudó sus actividades, pero fue cuestión de tiempo que volviera a caer en desgracia al verse incapaz de reencontrarse con la princesa. Tanto le afectó esto que cayó gravemente enfermo y se negaba a comer ni beber y a bien tuvo el consejero obligar al monarca a dejarse revisar por los mejores médicos de la comarca, pero poco se pudo hacer para librar al rey de su opresivo dolor. El futuro del reino pendía de un hilo muy tenso, pues, sin familiares ni descendientes directos, todos creían que se avecinaría una guerra de sucesión para la que muchos, en secreto, ya se estaban preparando.
En la cabeza del desafortunado Alexander estallaban imágenes de fuego y de agua, los hermosos rostros de una u otra princesa indistintamente. Ya tanto le daba una o la otra con tal de gozar de sus amores y no veía momento para la tan esperada llegada. El consejero asentía ante sus quejas y desvaríos, tratando de disuadirle de las terribles ideas que lo asaltaban, como una noche en que exigió que todos los emisarios fueran ejecutados a su regreso por la tardanza. Los delirios cada vez se tornaban más difíciles de asumir. Nadie entendía ya qué significaban los balbuceos del rey, puro galimatías en el que creyó el consejero escuchar alguna vez deseos de muerte y de fundirse con la oscuridad, pues su luz nunca llegaría.
Desesperado, el consejero mandó una partida de búsqueda para encontrar a los emisarios y los prestaran a regresar inmediatamente. Jamás hubo imaginado lo que se encontraría al atravesar el valle donde fuera derrotado el gran dragón rojo. Encontró su cuerpo aún en proceso de descomposición, la tierra a su alrededor muerta, campos enteros de flores marchitas con los pétalos negros. Incluso la bandera clavada en el ojo de la bestia había adquirido el color y nada quedaba ya del blanco triunfal que Alexander izara. Justo cuando iban a darse media vuelta para huir de tan insalubre lugar, el hedor a muerte instalado en sus cuerpos y una espesa niebla dificultando la visión, advirtieron varias figuras recortadas contra el grisáceo horizonte que se acercaban velozmente a caballo. El consejero ordenó a sus hombres soportar el ambiente un poco más.
¡Qué alegría debió sentir en aquel momento el consejero, que incluso en tan repulsivas circunstancias esbozó una sonrisa de oreja a oreja cuando vio acercarse a la que sería la futura esposa del rey! Le fue imposible distinguir siquiera el color de sus cabellos en aquel valle de mala muerte, que la silueta femenina es todo lo que necesitó para emprender el camino de vuelta, no sin antes ordenar a sus hombres que se cercioraran de que todos le seguían de cerca. No cabía en sí de gozo el buen consejero: ya escuchaba las canciones nupciales, ya veía la satisfacción de un rey que tendría a bien recompensar a quien tanto se había esforzado por él, ya tocaba entre sus manos las telas de la mayor calidad, ya saboreaba en su boca el mejor de entre los vinos.
Desvariando e imprecando se hallaba el desgraciado Alexander cuando un centinela irrumpió en su pabellón, obviando todo protocolo para informarle de que la princesa estaba ya entrando en la corte, esperando a ser recibida. Como un muerto que se alzara de su sepultura, el rey se incorporó con dificultad. Una chispa de vitalidad caída de las palabras del soldado le concedió la oportunidad de vestirse y salir afuera por su cuenta, envueltos sus pensamientos en toda una retahíla de incógnitas que deseaba y necesitaba ya resolver. ¿Con qué princesa tendría el placer de compartir esta noche y todas las que vendrían su lecho? Por momentos escuchaba la dulce voz de una que por otros fantaseaba con los fieros orbes de la otra. A poco estaba de estallar su cabeza, que ni en toda su grandeza podría jamás albergar permanentemente los recuerdos de ambas a la vez. Y ya pudiera venir la otra un solo instante después, que en esa ínfima diferencia selló Alexander el límite entre la pillería de la perfección que se hace esperar y la irremisible falta de respeto y sumisión hacia el soberano de Acalia.
En menos de un suspiro toda la corte estaba ya enterada de la llegada y nobles y criados por igual buscaron su lugar en el jardín para presenciar el tan esperado primer encuentro entre el rey y la inminente reina. Cuando hizo su aparición el rey en su malogrado estado, la expectación se vio tensada, como un hilo que atravesara el jardín y sostuviera a duras penas a todos los presentes. El séquito de Alexander creó un pasillo para él y la princesa y finalmente, después de tanta agonía, se hizo ver la muchacha ante los ojos caídos del rey. Juró Alexander no haber visto en su vida criatura semejante, con algas roídas por caballera, piel desvaída y lacerada, mirada de órbita torcida y figura oronda. Allí mismo juró a oídos de todos que jamás hubo visto ni imaginado mujer más horrenda y canceló las nupcias, retirándose a su cámara mientras escupía frases ininteligibles que sólo algunos tuvieron la oportunidad de entender.
¡Señores! Mucho se discute qué pudo ocurrir entonces, que mis fuentes, pasado este momento, no son fiables y no conozco de ningún otro trovador en el mundo entero que sepa a ciencia cierta lo que acaeció en estas tierras lejanas, pero probable encuentro y se me estremece el corazón de contar que no viviera más el desdichado Alexander, pues nunca más ninguna proeza se cantó de él y difícil es pensar que, de haber vivido, no habría logrado hazañas dignas de llegar a mi boca para transmitirlas a vuestros oídos.
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