Cuento - La indeterminación


La indeterminación



— Richard, me temo que nos hemos quedado atrapados en la novela.

El joven contempló al crítico y lo vio suspirar como lo hace quien atraviesa la misma penuria por enésima vez esa semana. A Richard Vals, becario en la editorial para la que trabajaba el distinguido crítico literario Jun Faraday, le costó unos minutos reorganizar sus pensamientos y recomponer los hechos anteriores a la repentina aparición en las ajetreadas calles de la ciudad de Moonpath, escenario principal de la novela sobre la que estaban conversando durante el último recuerdo sólido en su memoria. Jun Faraday se encendió un cigarro e inmediatamente Richard Vals se cercioró de que sus pertenencias no se hubieran perdido en el mar de páginas de la novela. Todo estaba en su sitio; sólo faltaba una explicación que sucediera al comentario del crítico, erróneamente esperada. Su paciencia se agotó tan pronto como duró el fugaz viaje entre la clara madera de la oficina de Faraday y la húmeda piedra recién llovida. Abundaba la tela negra y la refinación hasta en el otro extremo de las correas, sombrero de copa sobre la cabeza del animal. 

— ¿Y ahora qué? 

— Estamos jodidos, bien jodidos. He vuelto a bajar la guardia. 

— Que yo sepa, este fenómeno no es predecible.

— Menuda insensatez. Uno nunca debe renunciar a su sexto sentido, menos aún cuando está en sus veinte. 

Vals interpretó por su expresión ceñuda y sus pasos arbitrarios en todas direcciones que estaban jugando a lo mismo, a evocar los pasajes que describían Moonpath. Sus miradas confluyeron en el mismo punto de referencia, una sastrería relevante para el desarrollo de la trama. Desde ahí trazó en su mente un precario mapa de la ciudad. Faraday más bien parecía un detective pretencioso buscando pistas con una lupa invisible, caminando con la cabeza gacha, mochila a la espalda, tan ajeno a los personajes como ellos a él. Atravesaban las calles siguiendo hilos ya forjados sin peligro de deformar las ligazones. No deja de funcionar el dispositivo por un mínimo enredo en los cables, pero poco más allá llegaba su conocimiento. Ser víctima de una absorción literaria no entraba dentro de sus planes como becario y el fenómeno era muy escaso. Bastaba con cruzar las fronteras de lo escrito para salir, o eso había escuchado. 

— Has dicho que has vuelto a bajar la guardia. ¿Acaso no es la primera vez? 

— Ni será la última.

— Sabrás entonces cómo salir. 

— Naturalmente —respondió orgullosamente. 

— ¿Y por qué pareces tan preocupado?  

No respondió. Al menos, no verbalmente. Pasaron de largo dicha sastrería, doblaron la esquina y continuó liderando el paso hacia ninguna parte fuego en mano y echando cínicamente el humo sin importar quien pasara cerca. La experiencia no fue como Vals la hubo predicho. La ciudad parecía repetirse eternamente, con mínimas diferencias; la misma tienda con una letra distinta en el nombre, el mismo coche con una cifra distinta en la matrícula. Cuando pensaba que darían con la frontera textual de la novela, su infinidad no descrita, la ciudad aplastaba sus expectativas con una nueva avenida que tardarían otros diez minutos en recorrer. El silencio, sin origen por definición, parecía provenir del propio Faraday y Vals terminó ahogándose con él.

— Estamos buscando la frontera, ¿no? —se aventuró finalmente a preguntar. 

— Ojalá. No existen fronteras en la mente putrefacta de ese enfermo. 

— Estoy empezando a inquietarme. Y tu forma misteriosa de expresarte no ayuda en absoluto. 

— ¡Si él fuera como yo, ya estaríamos de vuelta en mi oficina! El problema es que el loco del autor no se conformaba con dar unas pocas pinceladas de Moonpath y dar espacio a la imaginación para lo demás. Estamos hablando de un caso inédito, inexplicable, demencial. Esta novela va mucho más allá de la versión que tú y yo hemos leído. Lo he descubierto recientemente. 

Vals realizó un agresivo gesto con los hombros que pretendía incitar a Faraday a esforzarse más en esclarecer la situación.

— Sólo tienes que mirar a tu alrededor. Voy a volverme loco. ¡Oiga, usted! —gritó, extendiendo el brazo hacia un joven que pasaba cerca, obligándolo a detenerse—. Me va a perdonar que le importune, estoy encuestando a jóvenes universitarios sobre qué hacen entre las ocho y nueve de la tarde.

La escena se extendió lo que a Vals se le antojó una eternidad de las que no son anheladas sino incómodas. El chico respondió que no estudiaba y Faraday amplió tanto el supuesto objeto de su investigación que bien podría haberle preguntado al gato callejero que los observaba acurrucado a una boca de incendios. Finalmente obtuvo el crítico lo que buscaba, un exhaustivo informe del chico sobre su cena, la discusión con su hermana y la serie de televisión que vio tirado en un sofá de terciopelo azul comprado por su padre en una subasta siete años atrás. Faraday le agradeció su colaboración y el chico prosiguió su camino volteando la cabeza hacia ellos poco antes de doblar la esquina con expresión confundida.

— ¿Quieres que le pregunte a otro? —e hizo ademán de llamar a otro personaje cualquiera, pero Vals le tiró del brazo a tiempo. Faraday tiró la colilla al suelo y la pisoteó.

— No, no, creo que ya lo pillo. Nada de lo que ha dicho ese chico está escrito en la novela. 

— Eso es lo que pensaría una persona normal, si estuviéramos hablando de un autor normal. Pero estamos hablando de Clyde Ross, un auténtico esquizofrénico. Lo vi con mis propios ojos cuando me invitó a un café en su casa de campo. Montañas y montañas de papeles acumuladas detrás de una puerta cerrada con llave. Me dio la oportunidad de ojear algunas. No deja cabo suelto, hora, minuto o segundo de intimidad a ninguno de sus personajes. ¿Acaso crees que nos ha mentido ese chico? Y si lo ha hecho, es porque en alguno de esos papeles está escrito que mentiría si algún galán interrumpía su paseo. 

Vals se mostró algo incrédulo, casi condescendiente con la impetuosidad del crítico. 

— ¿Dices que todos esos papeles describían aspectos de Moonpath?

— Y de más allá, te lo aseguro. Aquí todo el mundo sabe lo que ha hecho entre las ocho y las nueve de la tarde, y no me extrañaría que eventualmente nos encontráramos a algún universitario encuestándolos al respecto por motivos ridículamente precisos.  

— No hay tiempo en la vida para escribir tanto. Es físicamente imposible —dijo como si fuera lo más obvio del mundo, casi indignado—. Debería ser extremadamente sencillo encontrar algo en lo que no haya profundizado. 

— Y sin embargo, aquí estamos —dijo con socarronería—. Su musa nunca duerme. Quizá hasta trabaja por él.

Otro cigarro. La comunicación se dio por movimientos de hombro. Vals no tuvo más remedio que ceder. Faraday fumaba como fuma una persona que pospone lo inevitable y se cobija en un instante que cree efímera pero luminosamente eterno. 

— De todas las malditas novelas, tuvo que ser esta. No sé si creo en las casualidades. 

— ¿Qué sugieres, entonces? Tiene que haber algo mejor que seguir caminando. La ciudad me está empezando a dar escalofríos de alguna extraña manera. Creo que tengo un poco de miedo. 

— Bah, no seas infantil. Sólo necesito que me des tiempo para mentalizarme.

— ¿Mentalizarte para qué?

— Para hacer algo que no quiero hacer. A veces no hay ni trampa ni cartón. Cuatro paredes, no hay salida ni compartimento secreto entre ladrillos. Te toca abrir un agujero y nunca, nunca es fácil.

— No me había sentido nunca tan estudiante como ahora. ¿Esto también son gajes del oficio?

— No. No conozco a nadie a quién le pase tanto como a mí. Me temo que nos va a tocar andar.

Dos horas después, la actividad en la ciudad se seguía sucediendo como un reloj mecánico infalible cuyo tic tac expresado en traqueteos y rumores cerca estaba de enloquecer a Vals. Las piernas de Faraday participaban del mecanismo y no parecían cansarse. Una tenue niebla alimentó las esperanzas de Vals por haber llegado a lo que él insistía en llamar fronteras, pero el crítico aseguró que formaban parte de la novela y que significaba que estaban llegando a su destino. Durante el trayecto, el crítico le había contado al estudiante historias de otras ocasiones en que se hubo quedado atrapado en obras de todo tipo y lo fácil que hubo sido escapar de la mayoría, síntoma de buena escritura según él. Lo decía con tanta vehemencia que a Vals le costaba tomárselo como opinión, aprovechando la más mínima ocasión para difamar a Clyde Ross.

— Por ejemplo —contaba Faraday—, al final de esta novela, en su versión publicada, se deja caer que el protagonista se suicida, pero no se dice explícitamente. Ese tipo de indeterminaciones son en las que aparecen las salidas. Por desgracia y tal y como me temía, esta Moonpath es la versión completa del degenerado de Ross.

Cuando Vals empezaba a formular plegarias a quienes quiera que fueran los dioses que regían aquel mundo enfermizo, captó un cambio en el semblante de Faraday, una sonrisa apocada y un asentimiento a sí mismo. Vals ni siquiera se había dado cuenta hasta el momento de que volvían a hallarse en terreno conocido.

A pocos minutos de la plaza podían encontrarse lugares de interés de todo tipo dispuestos casi por conveniencia literaria. Restaurantes de reconocimiento mundial, monumentos patrimonio de guerras pasadas e incluso una tienda ilegal de armas camuflada bajo la apariencia de una tienda de peluches en los que se ocultaban las mismas. Todo esto se mencionaba en la novela. Desde los pisos superiores del hotel deberían de poder verse dichos lugares y muchos más y se preguntaba si no podrían, desde lo más alto, adivinar una salida. La novela infinita, como la había llamado Faraday en las imprecaciones que intercalaba entre aventura y aventura, rumiaba la mente de Vals.

— ¿Es aquí? —preguntó Vals, alzando la mirada. Ante ellos se levantaba el lujoso hotel donde el protagonista se alojaba durante buena parte de la historia. 

— Sí. Tengo una idea.

Sin dar más explicaciones, se adentró en los jardines interiores ignorando a los recepcionistas. Vals lo seguía muy de cerca. El crítico era la clase de persona cuya usual falta de seriedad hacía difícil fiarse de él. Uno nunca podía saber cuándo estaba hablando en serio. Un pensamiento llevó a otro y Vals cayó en la cuenta de que Faraday no había explicado qué pasaba exactamente cuando se encontraban los espacios de indeterminación que permitían salir. Según él, la retícula que unía cada parte del todo no era fácil de romper, pero Vals la notaba más tensa de lo que el crítico daba a entender. Algo no estaba bien.

Encontraron al protagonista de la novela con la cabeza apoyada en las manos.  Mientras lo observaban, sentados en un banco lo suficientemente alejado, Vals quiso averiguar más. 

— ¿Cómo son esos espacios? ¿Se manifiestan de alguna manera? Por definición, se supone que no deberían hacerlo.

— Bueno, pero la ficción es ficción. Alguna forma tendría que haber de representarlos y prefiero no fastidiarte la sorpresa. Considera esto parte de la beca.

— ¿Y si subimos a lo alto del hotel? Quizá desde allí encontremos algún lugar indefinido.

— Chaval, Clyde está loco, pero conserva su esencia romántica. Donde más va a detenerse, precisamente, es en esa clase de descripciones. No quiero quedarme aquí atrapado más tiempo del necesario. 

El sujeto que vigilaban de repente levantó la cabeza, como si hubiera recibido algún tipo de inspiración divina. Faraday continuó hablando.

— Hay que causar una divergencia lo suficientemente relevante como para que la urdimbre entera se venga abajo. ¿Sabes en qué momento exacto de la novela nos encontramos?

— Si no recuerdo mal, va a pasarse un buen rato escribiendo unos poemas para su mejor amiga, de quien lleva años enamorado, pero se olvida uno en el hotel. Incapaz de esperar más, lo primero que hace en su encuentro es recitárselos, pero fracasa en su intento de elevar la amistad a algo más y enloquece al regresar, incapaz de aceptarlo.

— Sí. Se cree que las cosas habrían ido de otra manera si hubiera recitado ese último poema. El mejor de todos, que sin embargo no fue capaz de retener en su memoria. El odio hacia sí mismo mezclado con su ego artístico lo protegen de consecuencias peores que la mera consternación. Una introspección interesante por parte de un autor vomitivo. En fin, vamos a cambiar las cosas. Si Clyde no ha dejado indeterminaciones, las haremos nosotros. 

Cuando Faraday terminó su respuesta, el protagonista se levantó con semblante firme y decidido y corrió hacia el ascensor. Vals reprodujo en su cabeza los acontecimientos de la novela y al hacerlo escupió una imperiosa pregunta.

— ¿Qué pasará si llegamos a mañana? La novela sucede en un solo día.

— Clyde me dijo que absolutamente todo lo que había escrito más allá seguía dentro de este mismo día. No existe nada más. Si se nos acaba el tiempo, no saldremos, sino que regresaremos al inicio. Claro que, pudo haberme mentido. No sería la primera vez que me ocurre. El viajecito es un poco incómodo... no, no, prefiero no fiarme de ese ser. Despachemos esto cuanto antes.

Vals quiso preguntar más, pero el ensombrecido rostro del crítico lo frenó. 

— Hablas de él peor que del más deleznable de los criminales. 

— Lo que ha hecho con su propia novela es, ciertamente, un crimen imperdonable que me conduce a pensar que es capaz de cosas aún peores.

— ¿Y por qué no escribiste un nuevo artículo? ¿Por qué guardarte tu verdadera opinión? 

— Porque quiero conservar mi puesto de trabajo. No me tomarían en serio. Además, parte de mí desearía no haberlo conocido nunca y así conservar mi primer juicio ignorante. No duermo peor por las noches.

Faraday hizo un gesto con la mano como para indicar que no quería seguir hablando del tema. 

— Vamos a separarnos. Yo iré a hacer unas cosas y estaré de vuelta en seguida. Mientras tanto, tú ve tras él y dale conversación. La habitación es la 7-C.

— ¿Interactuar con el protagonista no sería peligroso?

— Ve y dale conversación —negó con la cabeza—. Dile que compartiste clase con él en la universidad, se lo creerá si insistes. Asegúrate de que no se le olvide su último poema, que lo lleve consigo.

— Espera, ¿de verdad me estás diciendo que eso marcará la diferencia? 

— Deja de hacer tantas preguntas y date prisa. 

Se le escapó una sonrisa furtiva y salió corriendo a la plaza. Vals se planteó seguirlo a escondidas, pero de pronto se le vino encima todo el peso del joven al que le han encomendado una tarea trascendental para el destino del universo y no puede fallar. Se quedó mirándolo hasta que su silueta se mezcló con el gentío de la plaza. De nada servía pedirle explicaciones al muy obstinado si esas eran las respuestas que iba a recibir. Cualquiera que hubiera leído la novela sabría que su mejor amiga jamás hubiera aceptado dar el siguiente paso, simple y llanamente porque no sentía nada por él. ¿Qué iba a cambiar ese último poema, del que ni siquiera se mostraba un solo verso en la novela? La sensación de estar haciendo algo de suma importancia se transformó en el profundo disgusto de haber sido relegado a una tarea secundaria sin relevancia, una vorágine de sentimientos cambiantes en poco tiempo que demacró su ánimo. 

No sabía exactamente si motivado por un ansia de desobediencia juvenil o auténtica curiosidad, tomó el ascensor a lo más alto para contemplar la ciudad desde la terraza pública que había en cada piso. Las vistas rompieron las expectativas que habían arraigado en él desde las palabras de Faraday. Moonpath se extendía como una infinita repetición de sí misma, pero no de una forma que él calificaría como bella, sino más bien apagada, tétrica. De la niebla que una vez quiso atribuir al acercamiento de las indeterminaciones no encontró ni rastro y la nitidez de los edificios parecía atravesada por algún tipo de filtro fotográfico. Si afinaba la mirada, reconocía con imposible precisión las siluetas al otro lado de las ventanas de los edificios, de la miríada de colores móviles que eran los coches. La única estructura paralela en altura al gran hotel se alzaba más difuminada que las demás en el horizonte. Y justo en el límite de sus sentidos, en lo que debía ser una terraza similar o quizá absolutamente igual, se dibujaba una sombra a cuyo encuentro empezó a flaquear su organismo. Le faltaba el aire, como si una mano invisible lo agarrara del cuello. Sudándole las sienes, logró escapar de la tenaza y cayó de bruces contra el suelo en el pasillo del último piso, resollando.

Tardó un poco en incorporarse y huir del lugar, desplazando todo su flujo de pensamientos hacia su encomienda como el refugio temporal de algo que ni terminaba de entender ni empezaba siquiera. Con las manos aún tanteándose el cuello y temiendo quedarse en blanco durante la conversación, se plantó en frente de la habitación del protagonista y llamó a la puerta. El episodio en que se miraron cara a cara durante un minuto entero sin decir nada superó en incomodidad a la improvisada encuesta. A las espaldas del joven yacían decenas de papeles desparramados por la mesilla de la habitación. Vals ensayó mil y una conversaciones en su cabeza, cada una más surrealista que la anterior. 

— ¿Necesita algo? —rompió el poeta el silencio. 

— ¿Es usted...? —dijo su nombre completo. 

— Sí, ¿cómo lo sabe?

— Fuimos juntos a la universidad, aunque nunca entablamos conversación. Por aquel entonces yo era un tipo muy tímido.

— No recuerdo su cara, pero la verdad es que yo tampoco socializaba mucho, que digamos. 

— Me llamo Richard Vals. Lo cierto es que admiraba sus escritos, en especial su poesía. Vi de casualidad que se estaba alojando aquí y quise hacérselo saber, supongo que por capricho. 

— ¡Oh! No sé cómo tomármelo. Hoy en día me avergüenzo de buena parte de mi producción de aquella época.

— Eso significa que la actual me maravillaría más —forzó una sonrisa—. Todos desarrollamos nuestro gusto con el tiempo. ¿Le pillo en un mal momento?

— La verdad es que... no, pase, pase.

La habitación, descrita en la novela con todo lujo de detalles, era en efecto tan acogedora como se narraba. No parecía una habitación de un hotel. La ventana no daba a la ciudad sino a los jardines interiores; Vals dirigió la mirada hacia el banco donde el protagonista estuvo sentado hace tan solo diez minutos, rozándose el cuello con las uñas. 

— ¿Qué asignaturas compartimos? —inquirió el poeta—. ¿Quiere un café? 

Los inicios de la conversación no se sintieron diferente a someterse a un examen universitario para el que Vals tuvo que rebuscar en sus vagos recuerdos de los pasajes sobre el pasado estudiantil del personaje en la novela. En ningún momento creyó posible que su interlocutor sospechara de él, incluso a pesar de los dilatados silencios que suscitaban algunas de las preguntas del ilusionado poeta. Sus pupilas brillaban, iluminadas por la mera idea de que alguien hubiera sido tan fanático de sus escritos como para hacer existir un encuentro del que uno disfrutaba sobremanera, de un buen humor que muy escasamente se viera en la obra y el otro necesitaba un respiro. 

Si bien los espacios de la novela eran ficticios, no así las referencias a otras obras, lugares y eventos históricos, todos ellos catalogados como muy lejanos, como si Moonpath fuera una isla flotante en medio de ninguna parte. Vals no había comido nada, así que además del café, aceptó toda oferta de aperitivo. El gusto común por cierto autor real aminoró los dolores de cabeza del becario y lo ayudó a encauzar la conversación por vías en las que no pudiera cometer errores. 

En cierto momento, le entró miedo, pero por motivos distintos. Faraday tenía razón. ¿Cómo, cuándo, dónde hubo impreso el autor todo este conocimiento en su personaje? Cuando revisó la hora, no había transcurrido ni la mitad de tiempo del que creía.

— Me encantaría continuar conversando, pero he de terminar de escribir algo importante. 

— Confieso que cedí a la tentación de echarles un ojo. Parecen poemas de amor.

— No te equivocas —admitió, sonrojado.

— Lo comprendo, lo comprendo. No quisiera arrebatarte un solo minuto más. Un placer, estaremos en contacto.

Se despidieron con un afectuoso apretón de manos y Vals salió de la habitación y cerró la puerta con la sensación de no haber logrado absolutamente nada. En la novela, el personaje se distraía constantemente durante la escritura de los poemas. Pensó que quizá sus halagos lo ayudarían a concentrarse gracias a un subidón de autoestima. Quizá eso es lo que Faraday buscaba. A saber dónde se había metido. Vals se entretuvo leyendo unos panfletos cerca de la habitación del poeta, quien eventualmente salió impecablemente vestido, apestando a almizcle. 

— ¿Sigues aquí? —preguntó, ahora notablemente confuso, alzando una ceja. 

— Estoy... estoy esperando a alguien. ¿No te dejas nada?

— ¿Eh? No, lo llevo todo.

— ¿Seguro? Siempre fuiste un poco despistado en la universidad a pesar de todo. 

No se tomó muy bien el comentario, a juzgar por su expresión, pero fue lo suficientemente convincente como para que diera media vuelta y se cerciorara. Vals escuchó el sonido del papel manoseado, sonriendo para sí, aunque el poeta no hizo alusión al respecto. Se limitó a despedirse abriendo y cerrando el puño y encaminarse al ascensor. De él salió Faraday, serio, sudando. Parecía cansado y se había cambiado de ropa. Vals decidió en cuestión de un instante callar todo lo relacionado con lo acontecido en la terraza. No tenía sentido. ¿Qué respuesta esperaba? 

— ¿Puedo saber qué has estado haciendo o eso no viene incluido en mi contrato como becario? 

— Estoy seguro de que te gustaban las sorpresas —palmeó el hombro de Vals—. He estado forzando algunos cambios en la trama, eso es todo.

— ¿Y qué tienen que ver esos cambios con mi encuentro con el protagonista? Ha sido un poco raro.

— ¿Has aprendido algo nuevo de él?

— Sí, eso sin duda. 

— Ross es un jodido psicópata —no tardó en ponerse a fumar otra vez—. Ahora ya sólo nos queda esperar.

— Me pregunto si le dijiste lo que realmente pensabas a la cara.

— Pues claro que no, pero no te creas que disimulábamos nuestro desprecio. Creo que no he mencionado que era mutuo. A él nunca le gustó mi elogioso artículo. Decía que no había comprendido bien la esencia de la novela y aquello fue el eje de nuestra longeva y hostil conversación. Cómo olvidar esa sucia boca torcida en un rictus contenido de aversión, su mirada felina, sus asentimientos mecánicos... ¡ah! 

— Bueno, en cualquier caso, respóndeme a lo que verdaderamente importa.

Faraday ignoró la exigencia. 

— El protagonista se encuentra con la chica alrededor de las seis y media. Calculo que para entonces estaremos de vuelta en casa.

Vals revisó su reloj. Quedaba media hora. 

— ¿Te enseñó Clyde el último poema de su protagonista? ¿Es eso lo que no me quieres contar?

— Dios mío, no. 

— Pues sigo sin entender de qué ha servido todo esto. 

Faraday lo miró de soslayo. Vals captó sus esfuerzos por no decir más de la cuenta, así como la creciente dificultad de lograrlo. 

— Tú también has tenido que hacer algo —insistió—, sospecho que de mayor envergadura. No ibas a dejarle el trabajo más importante, con tan vagas instrucciones, a un mero becario.

— No hay nada de interesante en mi labor. La realidad raramente lo es. Para ti este calvario lo estará siendo, imagino. 

— Estoy seguro de que no es tu intención mejorar mi experiencia por medio del misterio. 

— No, no. En realidad, si la olvidas, tanto mejor. Como olvidarías una noche de borrachera. 

Llegó un punto en que hasta la manera en que todo, hasta la forma en que sujetaba el cigarrillo, como si fuera un lápiz, se le antojaba irritante. 

— Nunca te había visto tan nervioso. ¿No te tranquilizaría incluirme enteramente en tus planes? Por el tema de que yo también estoy atrapado aquí, y tal. 

— Porque necesito que esto funcione. Confirmé mi presentimiento. No puedo dejar ganar a ese canalla, ni tampoco puedo contestar a tu pregunta.

— ¿Ganar qué? Estoy harto. No quiero sorpresas. Quiero respuestas claras.

— No olvides que estás bajo mi responsabilidad, Richard. Y aunque odiaras las sorpresas, aunque fueran aquello que más detestaras en nuestro mundo y los demás, aun así estaríamos los dos plantados frente a esta maldita habitación, esperando el momento indicado. Confía en mí y déjanos en silencio un rato.

Faraday pronunció su última frase de la forma más oscura posible. Enésimo cigarrillo. Vals no se atrevió a replicar, pero las palabras del crítico surtieron el efecto contrario; el becario empezó a sentirse tremendamente inseguro, llevándose de vez en cuando las manos al cuello. Todo cuánto le hubo parecido interesante sobre la absorción literaria yacía ya subyugado a un emergente miedo de no regresar. Contuvo impulsos de agresividad caminando de un extremo a otro del pasillo, evitando contacto visual directo con la terraza. 

Alrededor de las seis y media, Vals, espalda apoyada en la puerta de la 7-C, un ojo clavado en el reloj y otro en las tensas facciones de Faraday, vio como el crítico abría su mochila.

— Es una lástima que no podamos traernos nada de vuelta. Me pareció adorable. 

Sacó de ella un peluche de felino. Vals dejó proceder a sus pensamientos, quizá con demasiado libertinaje, tanto que notó una punzada de dolor con origen en el cuello que se extendió hasta su pecho, donde se agudizó hasta saturarlo. El cuerpo de Vals, fundido con la puerta, estalló con un fogonazo, sacudiendo el edificio entero. De la 7-C ya no quedaba nada, sólo un abismo sin fondo reflejo de la más pura negrura. Jun Faraday se acercó, visiblemente aliviado.

— Más suerte la próxima vez, hijo de puta.

Y se dejó caer de espaldas al abismo.


Habían regresado. Cuando Vals recobró parcialmente sus facultades, Faraday estaba guardando apresuradamente todas sus pertenencias en su enorme mochila. Lo último que recordaba era encontrarse en el pasillo del hotel afligido por un intenso dolor interno. Faraday le había dicho no sé qué y los recuerdos emergían borrosos.

— Ugh, ¿qué ha pasado exactamente? 

— Ya te lo he dicho. Ni trampa ni cartón. 

— Me duele muchísimo la cabeza. Creo que me debes varias aclaraciones. ¿Adónde vas con tanta prisa?

— Renuncio a mi puesto de trabajo. Un placer conocerte, Richard. Tienes futuro, no se lo digo a cualquiera. Te reasignarán en seguida. Si te permiten elegir, que sea la oficina del Sr. Hervis. Él nunca reseñaría esa clase de novelas.

Sin dar más explicaciones y sin concederle a la aturdida cabeza de Vals tiempo para formular más preguntas, el crítico abandonó la oficina. 

A la mañana siguiente, Vals se reunió con el secretario general de la editorial. No se le concedió la oportunidad de elegir. En menos de veinticuatro horas habían cubierto la vacante dejada por Jun Faraday. A partir de aquel día, Richard Vals trabajaría durante los meses restantes de su beca como ayudante del famoso autor Clyde Ross.

Comentarios