[Cuento corto] Niebla


Niebla 





Sentados sobre los restos de un vehículo, ella no podía evitar mirar de soslayo, tan pronto como él se olvidaba de proteger adorablemente sus creaciones, con esos gestos que pretendían pasar por involuntarios y difícilmente denotarían mayor deliberación; tapando la libreta con el brazo, cambiando la postura y apoyándola en la rodilla contraria o incluso levantándose y murmurando palabras ininteligibles. Todavía no se había formulado una opinión sólida del hombre, pero con cada encuentro, hasta entonces esporádicos y breves, aprendía un poco más de él, quien le dejaba plantada, acaso con otro de esos gestos subrepticios, la semilla de una curiosidad rumiante que no germinaba hasta el encuentro siguiente. En aquellos suburbios, coincidir reiteradamente con la misma persona y en el mismo lugar raramente constituía algo bueno, pero en ningún momento se sintió en peligro, todo lo contrario. A altas horas de la madrugada solían hablarse otros idiomas que subsistían sin vocabulario, gramática ni sintaxis; maravilla que él no pareciera conocerlo. 

Harta de verse incapaz de satisfacer del todo su curiosidad, rompió el silencio.

— ¿Qué escribes?

— Una historia. Bueno, más bien ideas sueltas. 

— ¿Y no te gustaría compartirlas?

— Me encantaría, de hecho, pero sólo cuando estén terminadas.

Ella no cejó en el intento de comprender lo poco que alcanzaba a ver de su escritura, respondiendo con un tono alegre que contrastaba con su actitud retraída. 

— A mí me encanta leer. No te gustaría... no sé, ¿recibir un poco de feedback?

Él se quedó perplejo, como si no le encontrara sentido a la pregunta. Tardó unos segundos en suspirar, cerrando su libreta. 

— No es necesario, sólo me queda el final. Ya se me vendrá algo a la cabeza.

— Podrías decirme de qué va, aunque sea.

— No estoy seguro. Nunca se me ha dado bien resumir, siento que no podría responder a la pregunta sin entregarte los cientos y cientos de páginas.

— Si es muy larga, más te vale darle un final feliz. Mira, la última novela que leí era de una saga cuyas entregas llegaban todas al millar de páginas... era el último libro, no sabía si echarme a llorar o golpearme la cabeza contra la pared, así que opté por ambas. ¿Quién en su sano juicio puede darle un final tan trágico a una obra tan larga? Y no era de esos que dejan una ventanita abierta a la esperanza, no, era un final cerrado, un punto y final de los que rompen teclas.

— ¿Tenía sentido ese final, o lo forzó el autor?

— Claro que tenía sentido, eso es lo que más me molesta.

— No creo que sea para tanto.

— Es sólo que no comprendo cómo alguien dedicaría tanto tiempo de su vida a escribir algo tan triste. En una entrevista, el autor dijo que esa escena final fue la primera que concibió de la historia y todo lo demás nació de ahí. Condenados desde la primera palabra, vaya. Tú, en cambio, que no lo tienes claro, todavía puedes...

El hombre alzó una ceja, su expresión denotando cierto disgusto. Ella dejó de hablar al notarlo. 

— No sé quién será, pero creo que no me gustarían sus obras. Es más, acabas de condenarme a mí, aunque probablemente para bien, a no leerlas. Olvida eso; en cualquier caso, sus motivos tendrá. 

— ¿Qué hay entre tus opciones? ¿Son todas trágicas, felices, o hay una mezcla?

— Tampoco puedo responder a esa pregunta. 

— ¿Hay alguna a la que sí puedas? —insistió, contrariada—. Aún no conozco tu nombre.

— A esa, precisamente... 

— Oh, vamos. 

— Lo digo en serio. 

El tono fue terminante, pero desprovisto de toda fuerza. Más bien había tratado de serlo. Ella intentó romper el cristal, pues la transparencia no le resultó suficiente. La curiosidad empezaba a transformarse en pura avidez y notó un aura sombría rodeando al hombre, quien alzaba la mirada decepcionado como si aún guardara la esperanza de encontrar las estrellas a través del mar de polución. 

— Yo vengo aquí a despejarme de todo.

— Eso ya me lo habías dicho antes. Con exactamente las mismas palabras.

— Si, ya. 

— No hay muchos lugares donde se pueda estar tranquilo a estas horas. Hablo de la calle. A veces las paredes me asfixian. Siempre me ganan la batalla.

— Me pasa. Más de lo que desearía. La última vez... oye, no, quiero saber tu nombre. 

— No merece la pena.

— ¿Cómo que no?

— ¿Qué pasaba en ese final que tanto te marcó? 

Vaciló en si seguir su juego, saltando de un tema a otro.

— Supongo que un buen resumen sería decir que la protagonista nunca obtuvo lo que quería. No, qué demonios, no sólo eso, le cayó todo lo malo imaginable encima. Y pensar que yo estaba ya mentalizándome de que podría ser como ella y salir bien parada de todo. No me sorprendería encontrármela vagando por este vertedero. Sabes qué, ella no me negaría su nombre. 

— No, por supuesto que te lo concedería. Eso sí merecería la pena. Incluso podrías llevártela a gozar los lujos de los barrios septentrionales.

— Su autor nunca se lo habría permitido. Qué más quisiera yo. 

— Puede ser, pero qué importa. Ella aceptaría encantada. Es más, si le preguntaras, te diría que no lo conoce. Ningún personaje se acuerda de su creador; olvida toda sumisión y toda rebeldía. Habría que mostrarle sus propias huellas para enseñarle el camino de vuelta a casa, pero sería un encuentro funesto para ambos, por diferentes motivos. ¿Nunca has escrito nada? 

— Eh, no. Nunca me lo he planteado. No creo que sea lo mío. 

— Quizá por eso estés tan empecinada en conocer mi nombre.

— Yo lo que creo es que era mentira eso que me dijiste la última vez de que no fumabas nada —rio, interesada en su metáfora—. Si se diera ese encuentro, mejor que no sepa que él fue el causante de sus desgracias. 

— Nunca se sabe —sonrió tenuemente, pero apenas duró un instante antes de que su rostro se ensombreciera—. Sería tu responsabilidad no forzarla a realizar esa visita. Es mejor que te dejes llevar tú de la mano. Si logro terminar la historia, te aconsejo que hagas lo mismo. Deja que mis sombras te guíen, no sé adónde, pero muy lejos de aquí, donde no alcanzan mis ojos. Si puedes, invítalas a cenar en alguno de los restaurantes del norte.

— ¿De tus personajes puedes hablarme?

— Hasta que pierdan la memoria, imposible.

— ¿Por qué me da la sensación de que no vas a decirme cómo te llamas... nunca?

Él se encogió de hombros, impasible.

— Me temo que te decepcionaría conocerme más en profundidad. La excepción aquí eres tú; yo soy, efectivamente, lo que puedes esperar de una persona que ha acabado malviviendo en los peores barrios de esta ciudad. 

— Permíteme dudarlo. Permíteme dudarlo mucho. Me da igual si es mera impresión mía.

— Así son las cosas —alzó su libreta—. Guárdate las impresiones para ellos, a su debido momento. ¿Conoces ese dicho: haz lo que digo, no lo que hago? Bien, pues mi consejo es que los escuches a ellos, no a mí.

El hombre se apeó de un salto y ella, por primera vez, hizo lo mismo inmediatamente después, acto que la dejó perpleja porque había sido instintivo. Él siempre se marchaba primero y en completo silencio; ella se quedaba sentada un rato más, pensando y pasando frío.

— Supongo que nos vemos en otra ocasión —dijo ella, decepcionada.

— Es la primera vez que te despides.

— Eres tú quién... olvídalo. ¿Crees que habrás acabado tu historia para entonces?

— Quién sabe. Quizá encuentres sombras que de alguna forma evoquen tus recuerdos sobre mí, pero no olvides abstenerte de preguntarles al respecto. Te juzgarán loca. 

El hombre dio un par de pasos hacia delante, rozándose las chaquetas de ambos al pasar por su lado. Ella se quedó contemplándolo hasta que la noche grisácea terminó de ocultarlo. Fue entonces cuando notó un peso inédito en su bolsillo y metió la mano para comprobar que no eran imaginaciones suyas. Encontró un pasaje de autobús, envuelto por varios billetes de considerable valor.






 

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