[Cuento corto] La sombra de la flor

 



La sombra de la flor







Nada representaba mejor su esencia que haberse llevado la flor a la tumba. Antes de concluir su visita al velatorio, Cora echó una mirada a la noche anubarrada y alzó su paraguas preventivamente, pero ni los indicios de una inminente lluvia torrencial apresuraron un lento paso acomodado a la sucesión de sus pensamientos. Una mano llamó a su hombro y se detuvo, recuperando la consciencia de sus alrededores, percatándose de las sombras recortadas sobre negro, oyendo sus murmullos diluirse en todas direcciones; algunos, incluso, osando elevarlos a la categoría de carcajada para arrancar del lugar tanto sus almas como las de aquellos que se hubieran olvidado de llevársela de vuelta. 

Quien la apeló no formaba parte de este último grupo, sino que se dirigió a ella con expresión enigmática, media frente oculta por un sombrero inclinado que de caerse aterrizaría en su cabeza por una diferencia de altura considerable. Clark, hermano de la difunta y responsable de que la hubieran enterrado con una hortensia entre los dedos era la prueba de que la elegancia es compatible con el luto. Detrás de su porte ceremonioso se ocultaba el corazón más ingenuo que Cora hubiera tenido el dudoso placer de conocer. El mayor arrepentimiento de Cora con respecto a Lily era que nunca pudo ver a su hermano y a su mejor amiga en buenos términos. No estaba segura de si cambiarlo ahora representaría un gran acto de solidaridad o una ofensa imperdonable

      — No nos hemos despedido adecuadamente —señaló él.

El silencio posterior se extendió durante varios minutos. Las primeras gotas llegaron antes que la respuesta de Cora. Las sombras salidas del velatorio pronto se dispersaron, fundiéndose con la oscuridad tal y como lo harían sus recuerdos. Francamente, seguirían sus vidas como si nada hubiera ocurrido. Sostuvo la mirada de Clark por cuanto tiempo resistió permanecer en silencio y cerró el paraguas ante el fracaso de la predicción, al menos una reafirmación de sus pensamientos: tan sólo una llovizna avergonzada, irrespetuosa a su silenciosa manera. 

      — ¿Cómo consideras que sería adecuado hacerlo, Clark?

Él eludió por completo la pregunta, cierta ironía en el tono.

      — Ni una lágrima. Tú, que eras su alma gemela. 

      — Vertí más de las que me correspondían durante estos últimos años. Lo siento si no te resultan suficientes. 

      — Simplemente me preocupa cuál es tu última imagen de ella. 

      —  Lo que piense no es relevante. No se merecía este final, pero por mucho que me duela decirlo, no tengo claro que hubiera encontrado paz de ningún otro modo. 

      — Quizá tengas razón. Nunca lo sabremos.  

Clark dio un paso adelante y se cercioró de que no hubiera oídos indiscretos antes de extender un papel arrugado, escrito a mano, repleto de manchas oscuras. 

      — Lily dejó esto para ti, pero te advierto de que no será una lectura agradable.

Esta vez, su intuición acertó. La carta podía resumirse como un compendio de insultos por todas las veces en que Lily se sintió abandonada por ella. Cuando Cora se percató de que los leía con la condescendencia con que leería a una niña enfadada, su mente se nubló y sintió una mano estrujando su pecho hasta casi ahogarlo. Por fortuna, o por desgracia, estaba acostumbrada a sus acusaciones. 

      — Estaba mejor sin leer esta mierda espetó. Se debatió entre dejarlo caer al suelo, devolvérselo o guardárselo y se decidió por lo primero por no arriesgarse al rechazo. Clark lo recogió de inmediato. 

      — No fue la única que dejó. La mía es igual de desagradable. 

      — Y aun así la sigues defendiendo a capa y espada. Tu paciencia no es bondad, es necedad. No voy a mentirte, siento cierto alivio, pero un alivio que quema. 

      — ¿Esa es tu última y definitiva percepción de ella, entonces? Tan mala que su muerte es un alivio. 

      — Oh, sabes de sobra que no he dicho eso. ¿Por qué insistes? 
 
      — Porque ya no está, y a nadie le importa salvo a nosotros, aunque tu actitud me hace dudar. 

      — No piensas dos veces lo que dices, ¿eh? Sueltas lo primero que se te pasa por la cabeza.

      — Ojalá mis conclusiones fueran fruto de inocentes arrebatos, qué más quisiera yo. Contéstame.

      — Muy bien. Lily era un sol, una flor deshidratada, pero se convirtió en una persona de mierda. Esa es la verdad, y lo sabes bien, como también deberías saber cuánto me duele decirlo.

     — Me duele más a mí ver cómo se juzga toda una vida por el peso de lo reciente. 

     — No quiero quedarme mucho más tiempo, Clark. Puedes estar seguro de que no dejaré de atesorar los buenos momentos que compartimos. 

      — No se trata de recuerdos. 

      — ¿Adónde quieres llegar, entonces? 

      — A que ya no importa cómo fuera o dejara de ser. Lily ya no existe. Su gris se ha perdido. Todo lo que queda de ella somos tú y yo, nuestra percepción. Creo que dar vida a la misma Lily es lo menos que podemos hacer. 

      — Ojalá fuera cálida la sensación que me queda, pero me hizo aún más daño del que debí haber tolerado. Mi opinión de ella es todo lo piadosa que me permite la salud. Si tu intención era cambiar mi parecer ¿por qué entregarme la carta? 

      — No pretendía conseguirlo mediante mentiras. De todas formas, no hay diferencia entre lo que yo te diga y lo que tú recuerdes. El cristal se ha roto en los pedacitos que nosotros ahora recogemos. Cuando son pocos, todavía se puede hacer algo al respecto. 

Clark se ajustó el sombrero. El rostro le cambió por completo en consecuencia. Ahora lo presidía una sonrisa forzada. Dobló la carta, la expuso durante unos segundos delante de Cora y, ante su inacción, se la guardó en el bolsillo. 

      — Estoy harta de asumir responsabilidades que no me corresponden. Debo irme. Espero que puedas seguir adelante.

      — Muy bien. Lo mismo digo. Hasta siempre.

Cora caminó en dirección contraria a la estación para distanciarse de Clark. Cuando lo hubo perdido de vista, se dejó caer en un banco de piedra, exhausta. Con suerte, aquella había sido su última interacción con el entorno de Lily. Apoyó la barbilla en el puño, lamentándose por enésima vez de su actitud huraña, cruel pero necesaria. Quien fuera su mejor amiga desarrolló con el tiempo una actitud insoportable que toleró durante demasiado tiempo. Ni ella ni su hermano habían tenido la mejor de las vidas, pero si tan sólo una hubiera manifestado la mitad de resiliencia que paciencia el otro, su historia no habría terminado así. La flor con la que Lily descansaría eternamente evocaba uno de los recuerdos más preciados para ambas, de cuando se perdieron en el campo y Lily descubrió su devoción por llevar accesorios naturales en el pelo. Ella misma permitió que todo aquello se desvaneciera tras la muerte de su madre. No podía negarlo, todavía echaba de menos esa personalidad risueña. A veces se asomaba entre insultos y lloriqueos, pero no tardaba en esconderse de nuevo. 

Hizo un esfuerzo por dejar la mente en blanco cuando se dio cuenta de que prácticamente estaba echándole la bronca otra vez. Ya no había motivos. No más horas pensando qué decir para tratar de ayudarla, no más discursos de precisión casi científica para ser lo suficientemente dura sin llegar a pasarse de la raya y cruzándola de todos modos. Un coche pasó frente a ella y Cora reconoció los rostros al otro lado del cristal. En eso Clark tenía razón: los pocos familiares de Lily que habían acudido probablemente ya estarían pensando en la cena. Era la triste realidad, y no es como si su estómago no estuviera rogando por un poquito de atención también. 

Iba a levantarse cuando una extraña visión la detuvo. La sombra de una figura humana, proyectada en la pared por la luz de una farola, que se le antojó terriblemente familiar, en la medida en que una simple sombra puede serlo. Fue un detalle concreto lo que causó esa sensación; una anomalía en la forma del cabello que identificó como la silueta de una hortensia. Su tránsito por la pared iluminada fue muy breve, integrándose de inmediato en la noche. No vio persona alguna y Cora quedó tan confundida que se incorporó de un salto y cruzó corriendo la carretera para buscar el origen de tan insólito suceso. Poco antes de que atribuyera la explicación a su cansancio mental, la misma sombra se le presentó entre dos farolas como trazada sobre el mismísimo aire.

No podía ser una sombra, pero tampoco parecía una persona. Intentó acercarse y desapareció en un parpadeo. Confusión y frustración se dieron la mano, aunando la voluntad necesaria como para seguir prestándose a aquel juego y Cora siguió su rastro calle abajo, efímeras apariciones en lugares imposibles. Completamente ajena a la dirección que estaba tomando, eventualmente llegó a la estación y volvió en sí misma cuando advirtió a Clark subiendo las escaleras. El corazón se le detuvo cuando encontró a su objetivo persiguiendo a la sombra de Clark proyectada en la pared de la estación. Vio con plena claridad cómo extendía los brazos y le clavaba un puñal en la espalda antes de desvanecerse. Aterrorizada, Cora corrió a la escena del crimen, encontrándose con un ileso Clark que subió al tren sin percatarse de su presencia. Las puertas se cerraron y Cora permaneció paralizada frente a las vías. No sabía si la llovizna había cesado ya, no sentía las gotas. El tren se puso en marcha. Algo se movió en el último vagón. 

      — ¡Espera! 

Como si de una pegatina se tratara, la sombra se arrancó del tren y se quedó flotando sobre las vías. Ahora que la tenía cerca, Cora vio una masa bidimensional e ingrávida, más semejante a una mancha de agua flotante o quizá de tinta que a una sombra. Tenía forma humanoide, femenina. Cora seguía aturdida, pero se dio cuenta de algo. La forma unida a su cabello era en efecto la de una hortensia, pero el cuerpo no era el de Lily. Era el suyo. Aunque no contara con ojos, sabía que estaba siendo observada.

      — ¿Quién eres? No, ¿qué eres?

Las palabras del ser se entrecortaban constantemente, como salidas de un dispositivo electrónico con pésima conexión. 

      — Soy... soy una chica dulce, empática, cariñosa.

De repente, la sombra cayó y las vías se la tragaron. Resurgió poco después del andén, a la derecha de Cora, quien se armó de valor para quedarse cerca de ella. No comprendía nada, pero ahora estaba completamente segura de que la forma adoptada por el ser era la suya propia y que estaba hecha de agua o algún fluido similar, aunque no podía ver en ella su reflejo. 

      — ¿Cómo te llamas? -se atrevió a preguntar. 

      — Soy... soy una chica irascible, fría, desagradable.

      — No, no te estoy preguntando cómo eres. Quiero saber tú nombre.

El ser se hizo charco. Se deslizó por detrás de Cora y emergió a su izquierda. La voz era parecida a la suya, pero no la misma, o al menos no lo parecía escuchada así, con interferencias.

      — Soy... una hija responsable, inteligente, terca. No puedo decirte mi nombre porque no lo recuerdo. 

      — ¿Y qué eres, exactamente? ¿Por qué adoptas mi forma?

      — Soy... no soy. Me piensan.

Costaba convencerse de que siguiera cuerda. Cora dio un paso adelante e intentó tocar al ser, pero a pesar de su apariencia acuosa, lo atravesó sin sentir absolutamente nada. No creía que sus respuestas fueran a aclararle las cosas, pero siguió preguntando para abstraerse de su cuerpo, demasiado crédulo.

      — Tú no puedes tocarme.

      — ¿Por qué no?

      — Porque no tiene sentido. 

      — ¿Y por qué puedo verte y oírte? ¿Eso tiene sentido?

      — No. Pronto desapareceré.

      — Te vi... —vaciló, consciente de lo estúpido que sonaba— atacando a la sombra de Clark. ¿Acaso es como tú? ¿Te ha hecho algo malo?

      — No puedo dañarlo porque no tendría sentido. Estaba jugando. Soy... una niña traviesa, curiosa, vanidosa. Soy... una hermosa desconocida, musa de su poesía. Soy... no soy un cristal. Él tampoco lo era, eso quería comprobar.

Cora se vio invadida por un profundo dolor de cabeza. Cuanto más la escuchaba, más convencida estaba de que su mente había cruzado fronteras de no retorno hacia la demencia. Sus labios se negaron a dejar escapar más preguntas. Un estridente sonido anunció la llegada del próximo tren. La sombra, mancha, criatura o simplemente imposibilidad se desplazó sobre Cora.

Ella abrió rápidamente el paraguas. Demasiado tarde. Quedó calada, helada. Cuando el tren se detuvo, Cora contempló su reflejo en la ventana. Empapada, bajo el paraguas abierto y el cielo ya completamente despejado, regresó a casa.









Comentarios

  1. wow, me dejó pensando muchas cosas fue muy atrapante. Me gustaría saber más sobre la "sombra", no estoy seguro de haberlo entendido pero es un buen cuento

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