[Cuento corto] Nada de especial

 







No sé cuándo dejó de sonar la música.

Creo que en algún momento dejé de fijarme en ella mientras trabajaba en mi escritorio, pero definitivamente no podría dar ni siquiera una burda aproximación de la hora en que la comunidad de vecinos terminó de festejar. Sé que me desperté por su culpa, que en aquel instante maldije el volumen y el griterío por las horas de sueño robadas, pero también recuerdo que, en seguida, un ritmo que nada tenía de especial, de una canción que no nada tenía de especial, reproducida en una fecha corriente como es el último día del año, me inspiró escenas que otra persona jamás podría haber relacionado con mi contexto auditivo; de esas imágenes que sólo pueden existir en el mundo cognitivo de uno.

Ahora esas ocurrencias eran memoria. Todo lo existente, real o no, es efímero y al instante se convierte en memoria. Asomada a la terraza para no llenar mi habitación de humo, mi mirada se cruza con algunas de las sillas que deliberadamente habían dejado allí fuera para continuar la celebración por la noche, pasadas las campanadas. Pienso en aquellos recuerdos, inexorablemente distorsionados por el tiempo. No comprendía cómo la instrumental de una canción me había evocado escenas tan perversas y tan deseadas a la vez. Me avergüenzo de mí misma, pero me consuelo convenciéndome de la veleidad humana. Un día aprecias unas cosas, al siguiente otras. Amas; odias. Quieres existir, aprecias lo que te rodea; deseas morir, nada vale. Yo no soy perpetradora: yo soy víctima.

La fortuna era para mí como una diosa personal. Una deidad decidida a putearme de formas cada vez más insospechadas, casi divertidas durante los momentos más optimistas de mi oscilación. En ellos también alcanzo a entender la alegría de quienes hace no sé cuánto tiempo bailaban bajo mi terraza. He mentido. Quizá si es una fecha un poco especial, pues si no yo no estaría fumando aquí y ahora ni alimentando tales pensamientos. Los fragmentos de mis experiencias muertas e irrecordables; es decir, mis memorias, decidieron todas ellas distorsionarse en sentimientos negativos.

No las culpo. Durante una tormenta no se puede construir un castillo de nubes, por muchas que haya. Me gustaría fingir que no le doy importancia a un día como hoy y entonces sonrío. Es tentador dividir el tiempo a nuestra merced, sobre todo en beneficio de nuestros defectos, pero, ¿hacerlo como sociedad? Eso es sencillamente enternecedor. Sólo existe un medidor objetivo del valor de las cosas, así que es importante que estemos todos en la misma línea, digo yo. Recuerdo a los que ya no están e incluso lo que queda de ellos avanza en paralelo. Me gustaría dar tropecientos pasos atrás y no puedo. Mis lágrimas se saltan la rutina y, perezosas, se niegan a salir. Aún faltan unas horas. Si en algún momento de mi futuro regreso a este momento en el crisol de mi memoria, probablemente ya no pueda empatizar completamente con esto, así que vivo la espera. La consumo. La devoro. Peco de gula y devoro también el futuro, me asfixio. En un día cualquiera como otro, que nada tiene de especial, me ahogo. El humo escapa mi boca como los segundos huyen de mí y apoyo la cabeza sobre mis manos entrelazadas. ¿Fue real? Sí, todo. ¿Pesa? Sí, mucho. ¿Importa? Tal vez, quizá.

Desearía quedarme a solas con mi cigarro, mi castillo a medio construir y mis talentosos actores, pero yo también debo salir. Al bajar, antes de encaminarme hacia la parada de autobús, dejé un amuleto de buena suerte en una de las sillas. Lo até con un hilo porque el viento nunca fue de fiar. Si me dejara empujar por él sin rechistar, terminaría en la otra punta del mundo, pero creo que navegar por este último año ha sido viaje suficiente. Ni el más temerario pasa más de dos o tres noches con la diosa fortuna. Y quien lo hace, acaba loco. Claro que, estos pensamientos tampoco tienen nada de especial. ¿Por qué iban a tenerlo? Me condeno entonces por haberme olvidado de eso de la veleidad. Miro a la luna a los ojos y me imagino que es la muerte. Me sonríe. Nos recoge uno a uno en su seno, siempre tan meticulosa, sin desatender a nadie. Nunca deja un trabajo a medio hacer, no es tan humana como la fortuna o el olvido.

Mientras, sentada, veo como se me acercan las luces del autobús, se me agolpan las lágrimas y de alguna mágica manera siento su peso en otro lugar, en mi pecho. No sé qué tiene que pasar para que los días empiecen a ser especiales. Me encaro con el cielo por última vez.

Con un susurro, le doy las gracias y le ruego que me conceda más tiempo para descubrirlo. Quizá entre el próximo año y yo podamos encontrar una respuesta.

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