[Cuento corto] Corona de pesadillas




 Corona de pesadillas







Entre gritos y encontronazos de metal, creía poder escuchar la sangre, cada vez más cercana, confundiéndola con los susurros de la suya propia, pronto derramada. Su caballero irrumpió en la sala y cerró las puertas.

      — Su Majestad, se acabó.
      — Sólo Alex. 
      — ¿Lord Alexander de...?
      — Alex.
      — No importa. El asedio es imparable.
      — ¿Y mis hijas?
      — Lograron escapar por el pasadizo. 

Liberando un suspiro de alivio, el rey se llevó las manos a la cabeza para quitarse la corona. 

     — Muy bien. Se acabó, entonces. Termina mi reinado al mismo tiempo que termina mi vida. ¡Y el que me derroca es mi propio hermano!
      — Podríamos cambiar eso.
      — ¿Qué? ¿Cómo?
      — Si me nombra sucesor aquí y ahora, será a mí a quien le arrebate el trono. 
      — Es cierto —bajó la cabeza, pensativo—. Póntela. 
      — ¿Está seguro de que lo merezco? 
      — Es una orden. Mi última como rey. Quiero que, cuando llegue mi hermano, seas su portador.
      — Se hará su voluntad, pues, Su Majestad —asintió, colocándose la corona.
      — Alex, dije.
     — No, Su Majestad Alexander de Brida. Yo no veo a ningún Alex en esta sala, y como gobernador, hágase mi voluntad.
      — Tales declaraciones me ofenden, Su Majestad.
      — Sólo Gon.
      — ¿General Gonzalo de...?
      — Gon.
      — Gon, encuentro ofensivas sus palabras.
      — ¿A qué se debe?
      — Pudo haber escapado junto a mis hijas, pero decidió quedarse a defender el castillo hasta el final. Veo algo más que fidelidad. Quizá me considere un amigo, dejando de lado títulos y jerarquías.
    — No tardarán en llegar —sonrió—, cuando todos mis compañeros hayan muerto. Si existe algún juez imparcial, ¿castigará la crueldad de su hermano?
     — Aunque cometí errores, goberné bien.
     — ¿Cree que estoy a tiempo de remediarlos? Como rey, y tal.
     — Es posible. Tal vez puedas cambiar el destino de alguien más.
     — Sí, porque el nuestro ya no tiene arreglo.
     — Necesitará esto.

Alex se desprendió de su túnica y se la ofreció junto a su cetro.


      — Ahora sí me veo como un rey.
      — ¿Pero podrá actuar como uno?
      — Para empezar, declaro a los más pobres exentos de pagar impuesto alguno.
      — Brillante. Yo lo intenté una vez, pero mis consejeros me convencieron de lo contrario.
      — Siguiendo esta línea, los presos del motín del año pasado serán liberados.
      — Idea que sin duda recuerdo pasar por mi cabeza, pero habría sentado precedentes peligrosos.
    — Para finalizar mi primera intervención, se establecerán límites en los precios de los alimentos básicos.
      — Magnífico. De no ser por la presión de los gremios, yo habría sido del mismo parecer.
      — Su Majestad, ¿no cree que se dejó apabullar con demasiada facilidad?
    — Créame cuando le digo que, de haber legislado tal y como ha propuesto, la espada me habría llegado al cuello hace tiempo y no estaríamos aquí hablando hoy. Quiero que su breve dinastía sea el legado que quise dejar y no pude. Mi consciencia está limpia, con mis defectos; goberné justa y magnánimamente.
     — Nunca nadie miró la intención por encima del hecho; lamentablemente así está escrita la historia, quien lo recordará como cruel y corrupto, debido al caso que detonó esta revolución.
     — No debí tomar ese dinero, pero me condene ese juez del que hablabas si pretendía nada más que garantizar la salud de mis pobres hijas. Da igual por qué pasadizo escapen, la enfermedad se los conoce todos. Mi hermano, mío y del demonio, bebió también del frasco, pero eso nunca lo sabrán las espadas que tan ciegamente lo siguen. Que levante la mano quien no sacrificara miles de almas ajenas con tal de conservar el calor de aquella que conocemos. Ahora estamos reescribiendo la historia.
     — Jamás lo acusaría yo de impiadoso, Su Majestad, pero faltó firmeza. Fue la marioneta de las sombras a las que ahora su hermano se enfrenta, y, ¿quién sabe? Tal vez sea mejor rey que hermano.
     — ¡Ahora sí me ofende! Cree el pueblo que él está de su lado y son engañados. ¿En qué mundo vivimos? Yo se lo diré: en aquel donde la mentira se prefiere a la verdad. Si mi hermano será la peor de las ilusiones, yo fui la mejor de las pesadillas. Quede claro, no culpo a mis gentes. En tiempos difíciles, es la imaginación el alimento más abundante.
      — ¿Y qué me dice del miedo, Su Majestad? Sólo yo lo llegué a conocer verdaderamente como rey; y por ello lo llamo así. Nunca reflejó un espejo más que las apariencias; nunca en su proyección conoció el pueblo su miedo. Valiente ironía nos trajo el destino: lo único que no temía, lo único que sucedió. Su excesivo miedo a posibles traiciones lo condujo al filo escondido en la oscuridad.
      — ¡Aún no me lo explico! ¿Cómo se filtraron esos documentos? No pasaron por ninguna mano que yo no haya besado. ¿Qué duele más que la traición? Seamos sinceros, nada. En comparación, mi muerte será placentera; ya no podré atormentarme por no saber quién esgrimía la espada en las tinieblas.
     — Si en este mundo que describe la honestidad se ha enterrado, el perdón lleva siglos desterrado. Por eso digo, Su Majestad, quizá traiga mi sucesor estas lecciones ya aprendidas. ¿Qué tiene que temer a las tinieblas aquel que camina con los ojos cerrados y que sólo siente lo que pisa? 
    — ¿Por qué me tortura así, Gon? Le ruego ya no me llame así, el papel me queda grande. Entre nosotros hay dos hombres de letras y sólo uno de armas tomar. Mi cobardía no será tan estudiada como su sabiduría, y del perdón yo mismo he prescindido. Lo admito: no fui tan buen gobernante, y he mentido: más que la traición, pesa la culpa.
    — Finalmente te encuentro, Alex. Hablaste de honestidad, ¿dónde quedó la tuya? No pretendas que te llamen por tu nombre si intentas adoptar el semblante de un rey. ¿Qué era, la corona, la túnica, el cetro o la vida? No te dejes embaucar por las cálidas caricias del miedo, que nos encuentra allá donde nos escondamos. Yo filtré los documentos, y por traidor, yo muero. No floreció reino alguno bajo el gobierno del miedo; tu oportunidad pasó, pero no te martirices, buen amigo. 

En ese momento, antes de que Alex pudiera responder, su hermano irrumpió en la sala seguido de un tropel de hombres armados. No tardó en apuntar a Gon con el filo de su espada.
    — ¡Aquí lo tenemos! Muere, muere sin oponer resistencia y con honor —y cumplió su cometido, clavándole la espada en el pecho—. Y tú, excelso general que has sabido elegir el bando adecuado, hombre de armas desde su nacimiento, serás mi mano derecha y combatirás a mi lado, pues arreglaremos el reino desde dentro y expandiremos nuestra verdad al mundo exterior. ¡En pie, vamos, vamos! Que no hay tiempo que perder. No espera a nadie...

 

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