[Fragmento] Círculos

 

El siguiente fragmento pertenece a un prólogo experimental que escribí para mi próxima obra.



Aria maniobró para retirar la tela de su pierna izquierda y estiró la otra, apoyándola sobre el oscuro mueble, creando un contraste con el brillo opalino de su piel desnuda. En ese mismo instante, alguien apagó las luces e inmediatamente fueron sustituidas por otras de tenue intensidad y tonalidad rojiza. 

En los sillones dispuestos alrededor de la mesa, varios semblantes indiferenciables los unos de los otros salvo uno contemplaban la escena con ojos inyectados en serena euforia, de la clase que estalla desde dentro y el cuerpo no es capaz de exteriorizar, que permanece en el interior ansiosa de encontrar una salida. Las bragas de Aria empezaron a deslizarse por la pendiente de mármol rojo hasta desprenderse definitivamente de su dueña. En la penumbra aparecieron unos dientes blancos que sonreían. Las luces parpadeantes les proporcionaron un contexto en forma de un largo cuello, unos anchos hombros y finalmente una mano que agarró el trozo de tela. 

— No necesitaremos esto —dijo la voz de la sombra. 

El hombre abrió la ventana y un violento hálito de luna interrumpió el ritual. Arrojó las bragas ante la desconcertada mirada de su poseedora. Ni siquiera la furia del astro pudo ejercer suficiente fuerza sobre el vino dionisíaco que había empapado la tela y esta amenazaba con aterrizar con todo el peso de su vergüenza. Cada instante de tiempo la prenda adquiría un color diferente, teñida por las grandes luces de león de los edificios circundantes. Fue un soplido lo que alteró su rumbo, un susurro cuya procedencia se le escaparía hasta a la propia omnisciencia. La prenda, por otro lado, no perdía de vista en ningún momento la cúspide del rascacielos. Conforme atravesaba el horizonte divisorio entre tierra de dioses y humanos, la perspectiva hacía parecer que la punta se hendía en la luna. El soplido de lo desconocido fue tan sutil como trascendental, provocando que aterrizara en las manos de un caminante.

Siguiendo las líneas de las manos que tomaron el tesoro celeste, podía descubrirse a un espíritu errante cuya complexión no daba demasiadas pistas. Si se continuaba ascendiendo por las lágrimas vertidas en su abrigo, se llegaba a un rostro de facciones claramente masculinas pero que por sí mismas no serían capaces de describir a Luor. Sus dedos acariciaron la tela con culpable curiosidad, la mirada alzada hasta que su memoria estableció las conexiones necesarias para destrozar el crisol de su aislamiento y arrancarle el corazón del cuerpo. La última vez que tuvo unas entre sus manos, la mayor de las preocupaciones era un amanecer más temprano de lo esperado. La mente de Luor no fue piadosa con él y agudizó sus cinco sentidos, obligándolo a recordar cada estímulo que lo encaminara a tal situación hasta que no pudo soportarlo más y, echándose a llorar, lanzó las bragas al suelo y salió corriendo llevándose la tormenta consigo.

Las pisadas del desgraciado, si bien no tan atronadoras como los rugidos emitidos por el estómago de Kelpie, llamaron la atención de la chica. Abandonando toda esperanza de encontrar comida en el contendor del callejón, salió del mejor salto que sus debilitadas piernas fueron capaces de ejecutar. Había llegado al punto en que se había hecho consciente de su propio hedor, pero se limitó a no articular queja, ni siquiera en su cabeza, apartando todo pensamiento pesimista. 

Sus ojos negros brillaron cuando se encontró con el motivo de la tribulación del chico. Sin más dilación, se deshizo de sus harapientos pantalones y de su ropa interior para probarse su nueva prenda. Por un instante, no hubo frío ni hambre, pero la noche no tardó en recordarle que debía volver a ponerse los pantalones. Tampoco esperaron sus entrañas para preguntarle si aquellas bragas se podían comer, a lo que ella respondió apenada que no. 

— ¿Qué estás buscando? —preguntó la voz de un hombre invisible. 

A sus espaldas, un hombre joven exhibía su traje gracias a la lumbre de un cigarro encendido. 

Casio escudriñó a la indigente y sonrió. Tiró la colilla al suelo, la pisó con fuerza y se metió una mano en el bolsillo para sacar un chip electrónico de color gris correspondiente al mínimo valor pecuniario. Su sonrisa se amplió cuando vio las pupilas de la chica dilatarse en consecuencia. Casio se mantuvo a una distancia prudente. 

Comida.

Dámelas.

— ¿Qué?

Casio se metió la mano bajo el pantalón y tiró de su ropa interior. Si la estela de su mirada no era suficiente para dejar claras las condiciones del intercambio, el obsceno gesto lo sería. Kelpie vaciló, pero el mero ademán de guardarse de nuevo el chip en el bolsillo le aclaró las ideas a la chica y se desvistió. Intentó acercarse a él, pero Casio no lo permitió y le ordenó que las lanzara. Lo mucho que parecía costarle desprenderse de aquel trozo de tela divertía a Casio, cuyo traje prácticamente fundía su cuerpo con la oscuridad salvo por sus brillantes dientes de bestia. 

Cazó la prenda al vuelo y procedió a tirar el chip a un contenedor cercano. Ella gruñó y se apresuró a escalarlo, momento en que él no pudo evitar echarse a reír. La cegadora luz de una linterna no tardó en recordarle que no era bienvenido en aquel distrito. 

— ¡Allí está! —gritó uno de los policías.

La quietud de la noche fue quebrada por una sucesión de disparos que rebotaron con las piezas metálicas que Casio escondía bajo su traje. Se destrozó el labio inferior con los dientes por la rabia y abrió fuego un par de veces contra los policías antes de darse a la fuga a través de los callejones. En cuanto dobló una esquina, sacó apresuradamente su móvil y marcó el segundo número de su lista de contactos. La respuesta fue inmediata. 

— Helipuerto del rascacielos E3, distrito central. ¡Ya!

— Cinco minu...

— ¡Ya! —gritó antes de colgar.

Las bragas le colgaban de un dedo y parecían pesar más que la propia pistola. Iba a guardárselas cuando un intenso rayo de luz lo desorientó. Disparó al aire y quiso desviarse hacia su derecha, pero no había derecha. Notó la corriente proveniente de sus labios discurrir por entre sus dientes, se encaramó a lo alto de una torre de cajas y saltó, aterrizando al otro lado de la verja. Al solo de fuego se sumó toda una orquesta de metal y gasolina. 

La primera bala en atravesar la puerta principal del rascacielos fue él, incorporando a la canción los disonantes gritos de huéspedes y trabajadores que se tiraban al suelo con las manos en la cabeza. El escenario se difuminó a su alrededor excepto un crucial detalle, el número sobre los ascensores. Como ninguno se encontraba en la planta baja, se dirigía a las escaleras cuando dos guardias de seguridad intentaron interceptarlo. El más desafortunado encajó un balazo en la frente mientras que el otro se conformó con humedecerse los dedos con el amargo licor de la culpa. Y un balazo en la pierna.

A punto de perder el equilibrio por el agarre de la tela, las bragas cobraron definición en su realidad y Casio, por fin, tuvo oportunidad de guardárselas en el bolsillo mientras corría por un pasillo vacío y con la suficiente ventaja sobre sus perseguidores. Encontró un ascensor disponible en el segundo piso, marcó el último y reventó la cámara de seguridad. La confusión no dejaría que el personal actuara con la suficiente rapidez, por lo que se permitió exhalar un suspiro de alivio. Sacó la prenda de ropa otra vez, contemplándola con un desprecio que se transformó rápidamente en confusión. Ahora que las miraba de cerca y con la suficiente luz, no parecían unas bragas propias de una persona que busca su alimento en la basura.  

Transcurridos unos minutos, poco antes de llegar al último piso, marcó el antepenúltimo y las puertas del ascensor se abrieron. Se asomó al penúltimo y disparó a bocajarro al hombre que aguardaba para dar la voz de alarma. Técnicamente había cumplido su función. Sólo dos últimos tramos de escaleras se interponían entre él y su vehículo, eso y una barricada de hombres armados. Entre el personal del rascacielos y la policía especializada cuyo paso apresurado ya escuchaba provenir de los pisos inferiores, prefería enfrentarse a los primeros, pero por primera vez en mucho tiempo no estaba convencido de poder lograrlo, por lo que se escondió y realizó una segunda llamada.

— Penúltimo piso, ventanal derecho —susurró—. Acércate todo lo que puedas.

Ya podía escucharlo, y a sus perseguidores verlos. El personal del rascacielos descendía del último piso y la policía llegaba desde el antepenúltimo. Tardarían apenas unos segundos más en escudriñar el amplio pasillo y determinar su única localización posible en el hueco entre dos habitaciones. De la de su izquierda empezaron a escucharse enérgicos gemidos femeninos y de la impresión Casio se movió lo suficiente como para que la composición metálica de su brazo golpeara la pared.  

Sus entrenados instintos de supervivencia reclamaron el control de su cuerpo y rápidamente echó dos cápsulas de metal a ambos lados que se abrieron al tocar el suelo, liberando una inmensa cantidad de gas tóxico que detuvo el avance de las dos fuerzas. Aprovechando la ocasión, echó a correr hacia el ventanal y estampó su cuerpo contra el cristal, haciéndolo añicos. Por un momento, creyó que caería al abismo, porque aquella ciudad no estaba ni cerca de merecer un apelativo más generoso.

Los fornidos brazos de Bett, también potenciados por implantes, lo ayudaron a subir antes de ordenar al piloto que ganara altura. Golpeó la puerta con tanta fuerza que su puño empezó a sangrar. 

¿Se puede saber qué cojones hacías aquí? ¿Sabes la suerte que has tenido de que me encontrara revisando las baterías? 

Cállate, anda. Tenía buenos motivos para pensar que él se encontraría aquí esta noche. 

¿Y cuántos saltos mentales tienes que dar desde ahí para venir solo y sin avisar a nadie, sabiendo que te están buscando por todas partes, maldito loco?

— Bien está lo que bien acaba. 

Prefirió no seguir contestándole. No soportaba su cinismo. Lo único que conseguía calmar a Bett en situaciones así era admirar las vistas de la ciudad desde las alturas. A su derecha era de día; a su izquierda era de noche. Únicamente la luna ofrecía una luz pura e inocente, los edificios del distrito norte reverberaban celebrando la vida nocturna, pozos de hedonismo de los que prefería no saber nada. Justo cuando iba a encenderse un cigarro, su paciencia rebasó todo límite cuando vio a Casio sacarse unas bragas negras del bolsillo.

¿De dónde has...?

— Tendrías que haberle visto la cara. Casi me rechaza la oferta, pude verlo en sus ojos. Quizá eran especiales para ella de alguna manera, teniendo en cuenta que seguramente podría haberlas vendido por mucho más que un chip gris. 

Las venas de Bett amenazaron con explotar. Se acercó a Casio y le arrebató la prenda.

Espero, por nuestro bien, que lo que acaba de pasar no lo hayan provocado unas putas bragas —dijo, abriendo la puerta. 

— Te pienso cobrar ese chip.

Bett hizo caso omiso de su advertencia y arrojó las bragas mientras sobrevolaban el rascacielos. Antes que por gravedad, cayeron por decencia. No todas las noches se duermen de la misma forma y aquella dispuso un sueño lúcido para quienes bebieran las aguas del río del Edén. Ella misma estaba por desbordarlo cuando, perdida en su propio incendio, espalda arqueada, hogar conquistado y sentidos enfervorizados, se vio a sí misma descendiendo al otro lado del ventanal. 

El tiempo se ralentizó para verse caer al otro lado del mundo. Suicidada por otros, la mente de Aria interpuso tantas memorias en tan poco tiempo que colapsó y a su voz le fue arrebatado todo atisbo de placer; noche arruinada y paraíso inundado de dolor. 




Comentarios