Fragmento del primer capítulo de mi novela, El loto negro
Sus pies buscaban el perfecto equilibrio, convirtiendo el ejercicio en una vigorosa danza. Intercambiaba resonantes choques que la obligaban a retroceder ante la pericia de su maestro. Preocupada por la lentitud de su progreso, la alumna desestimó su búsqueda en aras de asestar un golpe directo. La idea era buena, pero la ejecución resultó mediocre y su maestro no perdonó la imprudencia. Rígido en sus movimientos, bendecido por el majestuoso aura que rodea a los grandes espadachines, esquivó a un lado la acometida de su alumna y los cadenciosos rugidos de la madera fueron interrumpidos por un gemido de dolor femenino proveniente del suelo.
— ¡Agh!
— Muy lenta —señaló Ashura.
Aona Kalana se llevó una mano al hombro, receptor del impacto. Se ajustó bien el tasuki y se obligó a levantarse. Tardó más de lo que le habría gustado en hacerlo, pero no podía evitar sentirse abatida.
Llevaba meses sin percibir mejora alguna en sus capacidades. Su expresión delató su bajo ánimo y su maestro resolvió enfundar la espada roma y dar por finalizada la sesión un poco antes de lo habitual. Normalmente, pasaban toda la mañana entrenando. Aquella mañana lo hicieron en el interior, pues Ashura-sensei consideraba que todo estímulo proveniente de la naturaleza podría resultar una distracción, especialmente los días en que trabajaban las posturas y el equilibrio.
Los ojos de la joven espadachina, reacios a enfrentarse a la severa mirada de su maestro, se clavaron en el tatami. Sabía que estaba siendo observada de la cabeza a los pies, pasando por su kimono negro, su obi blanco y el faldón que se extendía hasta alcanzar sus talones. El sudor impregnaba su cabello, también negro, recogido para no dificultar las maniobras. Kalana fue afrentada por una densa y fría ráfaga que entró por las ventanas mientras su maestro dejaba escapar un suspiro. Era notablemente más alto que ella, vestido con llamativas telas naranjas. A diferencia de su alumna, combatía con el pelo suelto acariciándole los hombros, una característica en absoluto común para un samurai.
— Siempre te ocurre lo mismo —reconvino—. ¿Estás conciliando bien el sueño, descansando las horas suficientes?
— Sí —respondió ella, sucinta. No levantaba la vista del suelo.
— Descuidas los aspectos básicos. Mañana regresaremos a ellos. Si deseas honrar a tu familia y convertirte en una samurai de renombre, necesitarás centrarte. Tu forma física es competente, pero tu técnica está estancada.
Kalana sentía que no era su maestro, sino el viento helado e implacable el que pronunciaba esas palabras. Ella daba lo mejor de sí, pero los resultados no llegaban. Incluso la mismísima naturaleza se mofaba de su mediocridad. ¿Cuál era el puente que permitía a una guerrera seguir aprendiendo? Encontrarlo se estaba convirtiendo en una tarea mortificante.
— Seguiré practicando por mi cuenta —anunció ella.
— Te hará bien. Eso sí, no te sobreesfuerces hasta caer enferma, es un error con el que me he topado múltiples veces en mi labor de maestro. Todo guerrero debe comprender y aceptar su ritmo de aprendizaje. Camina con dignidad y corre con modestia.
— Así lo haré, sensei. Gracias.
Un sirviente atravesó la sala, inmune a las burlescas caricias del frío con una jofaina de cerámica a las manos. Ashura se lavó la cara en ella, cerró los ojos y asintió a su alumna en señal de respeto. Al fin y al cabo, estaba instruyendo a la hija del daimio, nada menos.
Cuando Kalana se quedó sola en el dojo, suspiró, insatisfecha consigo misma. Más de seis años versándose en la disciplina, lo llevaba en la sangre. Y, sin embargo, tanto sus propias expectativas como las que su familia tenía puestas en ella se encaramaban demasiado altas para su incompetente cuerpo. ¿Qué haría cuando llegase la Ceremonia del Fuego? Aunque aún quedaban unos años para el día más importante de su vida, no era demasiado pronto para tener que lidiar con voces negativas acosándola en su mente. Y bastante tenía ya con todas las que la criticaban por empuñar un sable y no una naginata. Ya era raro que una mujer se consagrara al camino del guerrero, pero más raro aún era que lo hiciera a imagen y semejanza de los hombres.
La disposición de la habitación la dejaba expuesta a la luz natural, pero aquel día un férreo telón de nubes separaba el cielo de la tierra y Kalana esbozó una breve sonrisa al comparar sus ánimos con aquello. Recuperándose paulatinamente de su bajón, tomó con firmeza la espada de madera y se entregó en cuerpo a la realización de varios katas mientras se enfrentaba en alma al constante paso de los años. Evocó su primer contacto con el camino del guerrero. Desconocía si aún conservaba algunas de las torpezas con que trastabillaba en aquel entonces o sólo era su memoria jugándole una mala pasada.
No, tonterías. Pues claro que había progresado, pero no lo suficiente. Sujetó el arma con las dos manos y el filo acarició el aire. En el crisol de una calma imperturbable, separó pensamientos de acciones, brazos y piernas ejecutando los movimientos con imperfecta armonía. Una y otra vez, repitió los katas hasta sentirse mínimamente satisfecha con el resultado y comenzó a imaginarse entonces que tenía a un contrincante delante de ella. Lo imaginó de una fisionomía parecida a la de su maestro: esbelto, semblante severo y con los cabellos sueltos flanqueándole el rostro.
Ashura llevaba encargándose de su educación marcial desde que Kalana cumplió once años. No se mencionaba en público, pero su padre tuvo que insistir durante semanas para que el maestro accediese, pues a sus cincuenta y tantos años ya había decidido retirarse y delegar su escuela a su hijo, muy lejos de allí. Pero ahí estaba ella, una aspirante poco más que mediocre y que probablemente no merecía las enseñanzas de un hombre tan prestigioso. Pensar en esa tesitura la empujó a continuar practicando, ignorando que se acercaba la hora de comer.
Eso no era importante. Lo que sí era importante era la Ceremonia del Fuego, el paso final para demostrar su valía. Tendría que enfrentarse en un duelo a muerte contra otro aspirante, de modo que solo uno de los dos impregnaría de honor su nombre y el de su familia. Eran pocos los días en los que la ceremonia no acudía a sus pensamientos por al menos unos instantes. ¿De qué habría servido toda una vida de esfuerzo y dedicación si fracasaba en los últimos compases? Entonces no sería sólo el viento, serían las plantas, las bestias carroñeras acudiendo a su cuerpo en descomposición, los cielos y la tierra en la que descansaría su cadáver ultrajado las que se rieran de ella. Sería su familia, quienes lejos de valorar su intento, verían su legado desapareciendo entre las cenizas, pues Aona Kalana era hija única. Sobre ella caía todo el peso del futuro como si fuese ya un sólido presente.
Practicaría durante más tiempo a partir de ahora. Tras un último tajo apenas esforzado, guardó la espada en una alargada cajita de madera. Imaginó durante un momento que fuese un filo de verdad y tembló. Aún no se le había concedido el honor de portar uno. Dada su edad, Kalana pensaba que no debería faltar mucho tiempo para que llegase ese momento, idea que la emocionaba tanto como la asustaba.
Tomó una capa negra como abrigo y caminó por los estrechos y silenciosos pasillos del complejo hasta llegar al patio de la ciudadela exterior. A su derecha se erguían las orgullosas torres de su familia. En frente, las torres de la familia Naeyara, aliada de la familia Kalana desde hacía ya más de treinta años. Juntas conquistaron el territorio de Hane, otrora perteneciente al clan Nomiya y juntas lo han gobernado desde entonces, con núcleo allí, en la ciudad de Fujioka. Los estilos arquitectónicos de ambas familias se mezclaban en un entramado de colores oscuros que junto al cielo acerado otorgaban una atmósfera sombría a la ciudadela. Kalana pensó que el mundo se había puesto de acuerdo en que hoy no era un día alegre. En el portal de la ciudadela se hallaba inscrito el blasón de su clan: una flor de cuatro pétalos curvados rodeada por una estrella de siete puntas. Los pétalos desprendidos se curvaban como consumidos por la estrella. Nada que ver con el blasón Naeyara, compuesto por un abanico del que caían varias formas de diamante como gotas de sangre.
A pesar del clima, la ciudadela exterior, situada en el extremo norte de la ciudad, al pie del sagrado monte Hiji, era un hervidero de actividad como casi todas las mañanas. Mensajeros corriendo de un lado para otro, comerciantes y pueblerinos discutiendo asuntos burocráticos con los corresponsales, centinelas protegiendo los diferentes lugares del amplio terreno. Kalana advirtió a un hombre que corría a toda prisa en dirección a la ciudadela interior. Dos imponentes Torres se alzaban desde dentro, mirándose la una a la otra sin palidecer. No era la primera vez en la historia de la nación que dos familias establecían una alianza de tales características, pero sí la más exitosa. Aunque tanto el clan Kalana como Naeyara conservaban sus respectivos territorios de Yono y Rikoku, que gobernaban con completa independencia, regían en conjunto el territorio conquistado. Sentía una profunda veneración por su familia vecina, casi tanto como por la suya propia. Su padre siempre le decía que el mutuo respeto entre ambos clanes había sido la clave para forjar una alianza tan poderosa que ningún otro clan se había atrevido a perturbar hasta la fecha. También solía decir, empero, que ellos eran la mitad más poderosa. El clan Nomiya, al ser derrotado y desvinculado de Hane, en lugar de buscar la venganza por la pérdida de sus dominios, desapareció de la vida pública. Sus hombres se esfumaron como espectros difuminándose en los horizontes del porvenir.
Kalana se detuvo ante una estatua cuya inscripción grabada en la piedra rememoraba una cruenta batalla en la que los Nomiya se alzaron victoriosos. Su presencia en la ciudadela fue una de las cuestiones que enfrentaron a los daimios, Koga Naeyara y Hazen Kalana. Se resolvió en favor de Naeyara, quien abogó por conservar la estatua tanto por su valor histórico como por su valor estético. Ella estaba de acuerdo y no entendía por qué el tema molestaba tanto a su padre. Quizá algún día ella se ganase su propia efigie. ¿Qué mayor honor podía existir que ser inmortalizada por una hazaña legendaria?
Se zafó de esas ideas y continuó caminando a un ritmo lento. Qué necia era por pensar en esas cosas cuando ni siquiera era capaz de recibir la aprobación de su maestro. Si perecía durante la Ceremonia del Fuego, las piedras no recordarían su nombre, pero sí la indeleble mancha que perduraría en el clan Kalana. Correspondió a todos los saludos con asentimientos de mera cortesía y, atizada por el frío del invierno, atravesó la ciudadela en búsqueda de su compañera espadachina y amiga Mizu Naeyara.
La hija de Koga Naeyara practicaba esgrima en horarios similares a los suyos, por lo que Kalana intuyó que habría finalizado su sesión matutina y que la encontraría por los alrededores del dojo de su familia. Cerca de su destino, un grupo de soldados salió apresuradamente de la ciudadela interior. Caminaban inexpresivos hacia la entrada principal rodeando a un samurai alto y de facciones angulosas que Kalana reconoció al instante, el susodicho Koga Naeyara. Vestía un kimono de elegante tonalidad morada destinado a la práctica de esgrima y cargaba una preciosa saya de similar color, más oscuro, a la cintura. Kalana advirtió preocupación en su expresión pensativa, la cabeza inclinada hacia abajo como si hubiese sido recientemente derrotado, un escenario inusual. Durante su paso por la ciudadela exterior, el daimio acaparó las miradas de la mayoría de los presentes. No se detuvo a conversar con nadie, pero sí que le dedicó una breve sonrisa a Kalana cuando sus miradas se cruzaron. Ella, desprevenida, asintió de vuelta.
Rodeando el dojo yacían varios estanques artificiales. La estructura era inmensa, construida con una madera oscura que brillaba como si fuese metálica. Los amplios voladizos proyectaban una sombra ante el portal bajo laque Kalana se detuvo a contemplar los interiores, más austeros. Cruzó el umbral y encontró la sala vacía. Fue como entrar en un mundo diferente, el vocerío de afuera no alcanzaba sus oídos. Impulsada por la curiosidad, deambuló por los interiores del dojo, imaginándose cómo sería practicar esgrima en él. No contaba ni con la mitad de ventanas que el suyo, aislándose del exterior. Tal vez Ashura lo consideraría más apto para su entrenamiento. El pacífico silencio que reinaba en la sala la ayudó a socavar sus preocupaciones y, sin pensarlo dos veces, tomó un bastón abandonado en el suelo e imaginó que esta vez tenía delante no a Ashura, sino a Fukume, maestro de Mizu. Kalana tenía entendido que, al contrario de sus alumnas, ambos maestros diferían tanto en su filosofía de instrucción como en su estilo de esgrima, motivo de disputa en varias ocasiones que ella no había tenido la suerte de presenciar. Kalana lo respetaba, puesto que, aunque no había sido aprendiz suya, creía que el juicio de Koga Naeyara para elegir al maestro de su hija debía ser bueno. Mientras practicaba con el bastón, recordó el estupor que invadió su cuerpo de niña cuando su ingenua creencia de que sería su padre quien la instruyese fue desmentida.
Tal vez no sería una espadachina tan mediocre si ese hubiese sido el caso, pero solo podía culparse a sí misma de sus resultados. Se abstrajo tanto en sus pensamientos que olvidó el motivo por el que había acudido allí en primer lugar. Fue una conocida voz femenina quien la arrancó de su estado onírico.
— ¿Aona?
Ella juró ver una llama, pero solo eran sus cabellos rojizos mecidos por el viento invernal, cintas de fuego extendiéndose a sus espaldas tratando de liberarse del sello terrenal, ascender a los cielos y prenderlos.
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