[Cuento corto] Estrella fugaz






Porque cuando la niña despertó bajo un dosel de espuma que veía desvanecerse, bajo un techo que se abría hacia los lados y bajo una miríada de luces en la infinitud oscura, supo que a ellas no las perdería. Fue un sentimiento puramente instintivo, una certeza que no necesitaba de pruebas empíricas. Mientras las paredes a su alrededor se derrumbaban, dejando a la niña a merced de los peligros nocturnos, ella buscó consuelo en la mirada que las estrellas le devolvían.

Su pecho se infló de calidez y, por un momento, creyó en el peligro como pura fantasía de cuento de hadas. Claro, no tardó en entender que ella se encontraba entre las páginas de uno. Una historia especial, dura y difícil de digerir, de esas que no conceden un solo respiro a sus personajes, de esas que tratan de convencer a sus lectores de que una dulce excepción en sus vidas compensa todo el dolor que han sufrido. 

Menos mal que ella también era lectora. Las estrellas seguían brillando con la misma intensidad,  iluminando la cortina nocturna para revelar el paisaje más fascinante que unos ojos humanos pudieran contemplar. Era el receptor de tal sublimidad lo que fallaba. Como un recipiente de cristal con un pequeño agujero en su parte inferior, la calidez que las pupilas del universo le habían proporcionado a la niña se derramaba poco a poco, humedeciendo sus sábanas. Hubo un instante en que la niña presenció algo en el lejano firmamento: una especie de esfera negra que creció hasta alcanzar un aspecto espeluznante, tragó todo cuanto vio a su alrededor y por último desapareció. Aquel extraño suceso dejó un hueco vacío en el firmamento, como si alguien lo hubiera arrancado.

Y entonces, llegó. Los ojos de la niña se abrieron como dos piedras de jade, abrazando el instante en que una enviada fugaz de los cielos cruzó el firmamento.

Y entonces, recordó. Lo que las próximas páginas le deparaban. Cómo había llegado hasta allí. Todas y cada una de las desgracias que habían acontecido para formar ese diminuto agujero irreparable en su interior. No sabía cómo ni de qué manera, pero sabía que no le deparaban nada bueno.

Y entonces, tronó. Un estruendo cercano. La niña, conteniendo su desesperación como buenamente podía, tuvo la osadía de dejar atrás la cama y correr hacia el origen del sonido. 

Y entonces, lo vio. La estrella, que parecía tan lejana, había caído allí mismo, en aquel planeta al que podía dar la vuelta en cinco minutos, sobre el césped cortado que lo cubría.

Tenía el tamaño de una mano y la forma que en su imaginación siempre hubo tenido una estrella, una definición que no entendía de ciencia ni de realidad porque la única que importaba era la suya. Y por eso, por eso y por nada más, hablamos de una estrella de cinco puntas, caliente, brillante, quizá un poco pesada para sus débiles manos. 

Y entonces, olvidó.

Sus preocupaciones se esfumaron. Sus pensamientos negativos fueron expulsados. Su dolor desapareció. Algo había en aquel ser de luz, sonriente sin boca y feliz sin corazón, que alegró mucho a la niña. 

Por desgracia, esto no duró mucho tiempo. Pasaron días. Aunque su compañía era cálida y agradable, ¿no tocaba ya pasar a la siguiente página? Si no lo hacía pronto, su alma corría el peligro de empezar a recordar con toda nitidez cada capítulo anterior, y aunque no sabía por qué... sabía que eso sería terrible.

Sin embargo, la niña no quería preocupar a su querida amiga. No quería hacerle sentir que su compañía no era suficiente, porque todo lo contrario, era gracias a ella que su cordura sobrevivía en esa página de nunca acabar. Temiendo que la estrella se entristeciera, un día se atrevió a abrazarla. 

Y entonces, se quemó. La niña empezó a gritar de dolor, intentando separarla de su pecho, pero no podía. La estrella empezó a penetrar su piel, sus huesos, músculos y órganos mientras la niña lloraba desesperada. Cuando por fin la estrella se hubo asentado en su interior, cuando el dolor rozaba lo insoportable y la niña creía que se encontraba ante las puertas de la muerte... cesó por completo. 

Su pecho se cerró, todas las partes de su cuerpo que habían quedado dañadas se regeneraron casi instantáneamente. En su pecho quedó una pequeña cicatriz, pero eso fue todo. La niña... ¿Qué había cambiado? Se sentía muy extraña, se sentía... ¿bien?

Y entonces, ascendió. Sin darse cuenta, empezó a elevarse en el aire. Su cuerpo flotaba y su vestidito blanco aleteaba mientras ella intentaba mantener el equilibrio y aprender a controlar su nueva capacidad. Le tomó unos minutos comprender que ya nada podía mantenerla anclada a aquel planeta, que si su lector no iba a pasar a la siguiente página, entonces tendría que hacerlo ella misma.

Y entonces, voló. Sintiéndose poseedora de las alas de un ángel, con ayuda de la estrella que resplandecía en su interior, empezó a recorrer el universo con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Se paraba a admirar cada estrella, cometa, asteroide. Cada galaxia que alcanzaba a ver, todas muy lejanas. No sabía adónde ir, pero la explosión de colores brillantes que podía encontrar en cada dirección que miraba sepultó por completo su miedo. Todo era tan precioso que, por momentos, la niña fue feliz.

Y entonces, llegó. Otra vez. Sus ojos acusaron el primer planeta de su viaje por el universo y la niña quiso aterrizar en él. Pero algo se lo impedía. Por más que intentara bajar, una fuerza invisible la empujaba hacia fuera. La niña, obstinada, no quiso rendirse e intentó vencer a esa misteriosa energía con todo su ser. Empujó, empujó, empujó y, finalmente, logró atravesar la barrera y cayó en la superficie del planeta, dándose de bruces contra el suelo.

Pero en cuanto su cuerpo hizo contacto con el suelo del astro, muy similar al planeta del que provenía, algo se rompió en su interior. 

Gritos. Llanto. Dolor. Y nadie para escucharla, enjugarle las lágrimas ni abrazarla. La estrella quería salir de su interior y ni los esfuerzos de la niña ni sus ruegos lograron mantenerla dentro. Cuando la estrella salió, el cuerpo de la niña volvió a regenerarse casi instantáneamente. 

Pero esta vez, quedó una cicatriz un poquito más grande que la anterior. 

Y en el recipiente de cristal de su alma, donde la estrella había yacido, un agujero un poquito más grande. 

Completamente exhausta, se dejó caer boca arriba. Horas después, una nueva estrella cayó en la superficie de su planeta. En ese momento, la niña lo comprendió. Si su historia no avanzaba, estaba destinada a morir lenta y dolorosamente. A convertirse ella misma en un agujero negro. 

Pero quizá, quizá si en uno de sus viajes encontraba a alguien que pudiera ayudarla... quizá entonces no estaría todo perdido. Quizá pudieran encontrar la manera de vencer a la muerte prematura. O quizá, si quizá pudiera encontrar una estrella que pudiera mantener en su interior... capaz de viajar con ella hasta el siguiente capítulo, allá donde esté. O quizá, si se quedaba allí para siempre, sus heridas nunca se agravarían. 

La niña estaba tan confusa y cansada que se quedó dormida.

Sola.





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